lunes, 11 de noviembre de 2013

El Respeto por la Vida nos hace Libres, frente a la competitividad que esclaviza

Si cultivásemos en los seres humanos el Respeto por la Vida, sería inconcebible  el hecho de permitir que haya personas que vivan en la miseria, o incluso mueran a causa de ella, frente a otras que viven en la abundancia, ya que eso no es Respeto.

Si cultivásemos en los seres humanos el Respeto por la Vida, sería inconcebible el hecho de permitir que se maten o maltraten a  los animales, por comercio, ocio, desprecio o simple desidia, porque eso no es Respeto.

Si cultivásemos en los seres humanos el Respeto por la Vida, sería inconcebible el hecho de permitir que se talen árboles, se exploten montañas, se maltrate la tierra, se contaminen los ríos o se adultere el aire, ya sea por inconsciencia o mala fe, porque eso no es Respeto.

Si cultivásemos en los seres humanos el Respeto por la Vida, sería inconcebible el hecho de permitir que ningún ser vivo sufriera sin intentar paliar por todos los medios su sufrimiento. Porque Respetar la Vida en cualquiera de sus manifestaciones es Amor, y no hay Amor sin Conciencia, ni esta sin un conocimiento espiritual y científico del hecho esencial y trascendental de que formamos parte indivisible de un Todo.


Todo lo que sea fraccionar la verdad fundamental del Todo del que formamos parte, todo lo que represente dividir y fragmentar dicha Unidad, fomenta la ilusoria división de hacernos creer seres individuales y desconectados del Todo, donde prima el beneficio personal en detrimento del beneficio colectivo. Es aquí donde tiene cabida el egoísmo, la falta de generosidad y la carencia de humanidad, todo ello bajo el falso precepto social al que llamamos competitividad y que lo justifica todo.

En nombre de la competitividad, cuya razón de ser es la división del Todo, permitimos las mayores atrocidades para la sensibilidad de cualquier ser humano con un mínimo de conciencia despierta. Solo hay que dar un repaso a las noticias de rabiosa actualidad, ya sean de ámbito local o internacional. Allí donde existe dolor, sufrimiento e injusticia humana, social o medioambiental, allí encontramos la huella fría y férrea de la competitividad amparada por la legislación a medida y protegida por el viejo poder económico de turno.  Porque la competitividad es la búsqueda del máximo beneficio económico personal posible, y no puede existir competitividad sin egoísmo, ni este sin una esclavitud hacia los deseos objeto del egoísmo como a aquellas personas, medios o instrumentos que pueden facilitarlos. Y está claro que en esta concepción individualista de mirar exclusivamente por uno mismo no hay cabida para el Amor,  y sin Amor no se concibe el Respeto por la Vida.

La buena noticia es que tanto la competitividad como el Respeto por la Vida son dos cualidades que se pueden educar. Actualmente, como sabemos, se nos educa a todos los niveles desde la competitividad, como máximo valor de las sociedades modernas. Pero si queremos evolucionar como seres humanos, y a la vista de los actuales resultados sociales y medioambientales obtenidos a escala global desde la hegemonía moral de la competitividad, ha llegado la hora que sustituyamos este principio social por el del Respeto por la Vida. Porque la competitividad es egoísmo y esclavitud, frente al Respeto por la Vida que es Amor y Libertad. Porque la competitividad es la búsqueda del beneficio individual, frente al Respeto por la Vida que es la búsqueda del beneficio de, por y para Todos.

Amig@s, el conocimiento, que despierta conciencias, se transmite a través de la enseñanza. Si queremos ayudar a crear un mundo mejor, debemos fomentar una nueva humanidad. Así pues, si nuestros gobernantes no cuentan con la altura de miras y nivel de conciencia suficiente para introducir en nuestros sistemas educativos el conocimiento esencial de que formamos parte de un Todo -porque no les interesa educar a seres humanos Libres, Autorrealizables y Felices que vivan de espaldas a esa competitividad de mercado que solo  beneficia a unos pocos-, seamos nosotros mismos, a nivel local, desde casa y desde nuestras pequeñas escuelas, que enseñemos a nuestros hijos a ver el mundo bajo los ojos de la Unidad de la que formamos parte. He aquí, como seres evolucionados, nuestro compromiso activo y nuestra revolución personal con la humanidad y con el propio planeta.   

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