miércoles, 29 de mayo de 2013

Si quieres que tu hij@ sea feliz, enséñale a ser él/lla mism@


Si hay algo que nos hace iguales a todas las personas del planeta es que todos, sin excepción, queremos ser felices. Pero a la vista está que algo debemos estar haciendo mal, pues nos pasamos el primer tercio de nuestra vida aprendiendo cuál es nuestro encaje en el mundo para, una vez adultos, darnos cuenta que no somos felices y vernos obligados a iniciar un proceso de recorrido a la inversa de desaprender lo aprendido que nos permita ser felices.

¡Sí, así es! Asombrad@, llega un momento en que toda persona adulta se da cuenta que no hay otra manera de ser feliz que ser un@ mism@, y que para ser un@ mism@ antes debe reencontrarse con el fin de saber realmente quién es. Y no sabe quién es porque en algún punto de su camino se perdió para dejar de ser él/ella mism@ y pasar a ser aquel/lla otr@ que el entorno quería.

Y, ¿cuándo dejamos de conectarnos con nosotr@s mism@s?, podemos preguntarnos. Pues cuando abandonamos nuestras habilidades personales con las que nacemos para replicar las habilidades estandarizadas que la sociedad impone, bajo criterios de prestigio, competitividad o incluso integración. Y, ¿cuándo sucede esa desconexión?, podemos volver a preguntarnos. Pues en una época muy definida de nuestra vida: en nuestra época infantil y juvenil, en pleno proceso educativo.

Si el objetivo de todo ser humano es ser feliz, lo que conlleva ser un@ mism@, y no se puede ser un@ mism@ sin desarrollar las habilidades o dones innatos con lo que hemos venido a este mundo, pues en ello está la clave de la realización personal, ¿porqué sumergimos a nuestros hijos en un sistema educativo que les lleva a olvidarse de quiénes son? En este caso, ya no podemos hablar de enseñanza, sino de adoctrinamiento, pues ya sabemos que en el adoctrinamiento no hay cabida para la libertad personal.

Está muy bien que nuestros hijos tengan la base de una cultura general, así como la capacitación necesaria para la búsqueda y el uso de recursos que les permita acceder –gracias a la era de las nuevas tecnologías y la gestión del conocimiento- a un saber concreto en un momento determinado de su vida, así como la habilidad para interrelacionar saberes distintos bajo una visión global y unificadora (asignatura aún pendiente en las escuelas), pero ya no es menos importante sino capital para nuestros hijos que les ayudemos a desarrollar y potenciar sus dones innatos. Porque solo así ayudaremos a construir sociedades sanas (por la suma de autoestimas personales) y enriquecidas (por la aportación colectiva de los altos valores añadidos individuales).Y, ¡por Dios!, porque todos queremos que nuestros hijos sean felices.

Pero para ayudar a que nuestros hijos tengan una vida lo más feliz posible, no solo debemos ayudarles a desarrollar sus habilidades innatas (pues en ellas radica su identidad), sino que también debemos de ofrecerles una enseñanza holística donde mente y corazón se integran y alinean. Pues el ser humano no es solo un ser mental, como pone excesivo énfasis la educación contemporánea, sino que también es un ser altamente emocional. Y no educar a nuestros hijos en la inteligencia emocional es como criar a hormigas sin antenas. Pues nuestra mente, a través del lenguaje de los pensamientos, nos aporta la energía masculina que nos ayuda a dar forma en el mundo de la materia –y, por tanto, a construir nuestra realidad-, pero nuestro corazón, a través del lenguaje de los sentimientos, representa nuestra energía femenina de la que fluye el aliento que da vida a esas formas. Por ello, cuando una persona no está sana emocionalmente, generalmente por una incapacidad de gestionar sus propias emociones, se bloquea mentalmente y transita perdida por la vida como una hormiga sin antenas.

De igual manera que en física no se entiende el espacio sin el tiempo y a la inversa, unificando dicho concepto en uno solo: espacio-tiempo, es hora que en el mundo de la pedagogía unifiquemos la mente y el corazón en un solo concepto: mente-corazón, si queremos ofrecer una educación completa y no parcial. He aquí el salto cualitativo de la educación del siglo XXI. O, ¿a caso nuestros hijos no son seres maravillosos manifiestamente emocionales?

Así pues, si queremos ayudar a que nuestros hijos sean felices, que es lo mismo que ayudarlos a que aprendan los recursos necesarios para afrontar los retos siempre cambiantes de la vida desde una autoestima sana y positiva, más allá de que gasten su valioso tiempo en saber de memoria (transitoria) el nombre de todos los ríos del continente, debemos plantearnos la educación del siglo XXI en un mundo global desde cinco ejes claves de actuación:

1.-Potenciar el desarrollo de las habilidades innatas de nuestros hijos, 
2.-Desde la Inteligencia Emocional,
3.-Promoviendo la cultura general y humanista,
4.-Enseñando el uso de los recursos en Gestión del Conocimiento,
5.-Y, ayudando a desarrollar la capacidad de interrelación entre conocimientos independientes bajo una visión global.

Unas líneas de actuación que, como se deduce, necesitan de un marco pedagógico de actuación abierto y flexible, en contra del actual sistema rígido, donde la interactuación activa y la motivación libre del niño con los conocimientos juega un papel relevante, y en el que el profesor no educa, sino que enseña y guía en el crecimiento personal de nuestros hijos hacia el camino de unos futuros adultos sanos y felices.

Si queremos que nuestros hijos sean felices, ayudémosles a crecer siendo quienes son (no quienes nosotros queramos que sean), enseñándoles que la felicidad es un estado de conciencia personal donde mente y corazón deben ir a la par, y que en dicha alineación radica la capacidad para sentirse libre y poder volar.