miércoles, 2 de enero de 2013

Todo lo que nos separa son partes de lo que nos une


El mundo del hombre está creado desde un origen común que nos une, formado por varias partes que forman el todo, las cuales utilizamos para destacar las diferencias con espíritu de confrontación en vez de reivindicar nuestra propia naturaleza común. Es como si cada uno de nosotros tuviéramos una pieza de un mismo puzzle que, en vez de juntarlas para construir entre todos el puzzle, las utilizáramos para pelearnos entre nosotros porque las otras piezas son diferentes a las nuestras. Parece de locos, ¿verdad? Pero así es.

Pongamos un ejemplo. A estas alturas de la humanidad ya es sabido que la Biblia es un compendio de historias, algunas prácticamente literales, de otras culturas más antiguas que el cristianismo, como la religión egipcia (discursos del propio Jesús en el Nuevo Testamento), la mesopotámica (el Arca de Noé y el Diluvio Universal) o la judía (El Antiguo Testamento), entre otras. Y que el islamismo es, a su vez, una religión que nace del cruce entre judaísmo y cristianismo, o lo que es lo mismo entre Antiguo y Nuevo Testamento (sólo hay que preguntar a un islamista por sus profetas, siendo Jesús el penúltimo antes de Mahoma). Así pues, ¿por qué de los sangrientos genocidios históricos que llegan hasta nuestros días entre hombres que promulgan el cristianismo y el islamismo? La respuesta es bien sencilla: porque destacamos las diferencias en lugar de las coincidencias.

Y lo mismo pasa con cualquier otra faceta de la vida del hombre, ya sea a nivel individual entre la persona y su agotadora batalla con el resto del mundo, ya sea a nivel social entre clases de diferente status de una misma sociedad, ya sea a nivel profesional entre trabajadores con diferentes cargos y responsabilidades dentro de una misma empresa, ya sea a nivel ecológico entre el hombre y las diferentes manifestaciones de la propia naturaleza de la que somos parte, y así hasta alcanzar las escalas más globales de organización y relación humana.

El ser humano tiene la capacidad de ver las diferencias de las partes, así como el todo que forman esas mismas partes. Si solo alimentamos una de estas capacidades, si solo educamos desde una concepción de la realidad -y por extensión del conjunto de la humanidad-, creceremos como hombres y mujeres con discapacidad humana, es decir incompletos y, por tanto, disfuncionales. Pues tan importante es ver la riqueza de las diferencias, como la diversidad de la unidad. Ya que ambas son cualidades cognitivas innatas del ser humano.

En este sentido tiene gran responsabilidad la educación, ya que si ya desde pequeños sólo enseñamos a nuestros hijos todo aquello que nos diferencia, y les vetamos la educación de todo aquello que nos une, ¿cómo van a saber nuestros hijos que formamos parte de un todo común? ¿Cómo, pues, van a integrar en vez de excluir? Quizás la respuesta la debamos de buscar en los intereses de quienes marcan las directrices de nuestra educación. Preguntémosles pues a sus ilustres señorías que dirigen nuestras sociedades por qué nos enseñan a excluir, en vez de a integrar.

Dime qué sociedad quieres construir, y te diré qué educación debes impartir. Está claro que educar desde la diferencia que nos separa crea sociedades desiguales y excluyentes, en las que sólo unos pocos se benefician de privilegios sobre los otros muchos, mientras que educar desde lo que nos une crea sociedades solidarias, inclusivas, equilibradas y más humanas. Por tanto, tendremos aquella sociedad cuya educación queramos alimentar.

Superar la ruptura de la dualidad entre la parte y el todo, redescubriendo la capacidad humana de concebir el mundo desde la diversidad de la unidad, nos conducirá, sin lugar a dudas, al camino para construir un futuro mejor para todos los seres que vivimos en este planeta. Nuestra es la opción y la voluntad, tanto a nivel individual como colectivo, para lograrlo.