viernes, 25 de enero de 2013

La Teoría económica de la Lluvia en una sociedad de mercado


¿Cómo vivir sin dinero y continuar sonriendo? Esto es justamente lo que hoy en día se pregunta el 26% -y suma y sigue-, de la población española. Un verdadero drama social de consecuencias impredecibles, ya que como sabemos toda causa tiene su efecto y todo efecto tiene su causa.

La falta de recursos para poder desarrollar una vida digna por parte de millones de personas significa que la balanza de la distribución del bien común está desequilibrada, por lo que una parte minoritaria de la sociedad ha concentrado un volumen excesivo de recursos colectivos en detrimento de la otra parte mayoritaria de la sociedad. Una práctica insostenible en el tiempo ya que la física nos demuestra que cuando una energía crece en exceso fuerza a su opuesta (de idéntica naturaleza pero diferente grado) a concentrarse, lo que a la larga provoca una nueva transformación.

Es como el proceso natural de la lluvia: tras un período de sequía el exceso de vapor de agua concentrado en las nubes provoca su estallido en forma de lluvia que vuelve a regar los campos para volverlos fértiles, par dar paso a un nuevo periodo de evaporación de la humedad ambiental que vuelve a concentrarse en las nubes para finalmente volver a expandirse como lluvia. El ciclo de la vida.

Podríamos decir que las tierras fértiles son el mercado laboral, la lluvia la capacidad de consumo (interno público/privado, y externo) y que las nubes son el mercado financiero (ya sean en manos de titularidad física o jurídica, o en paraísos fiscales o no). Y sí, también podemos decir que ahora nos encontramos viviendo en una situación en la que los campos del mercado laboral están secos y yermos, inmersos en una época de carencia de lluvias que deshidratan hasta la extenuación los tres brotes básicos del consumo de un país, mientras las nubes del mercado financiero concentran –de manera opaca- la práctica totalidad de los recursos económicos de la sociedad, siendo conscientes que dichas nubes del mercado financiero no son más que un burdo camuflaje virtual de cartón y piedra detrás del cual se refugian personas con nombres y apellidos ávidos de robar lo ajeno (pero esto es contenido para otro telediario).

Como vemos, la Teoría de la Lluvia nos dice que toda fuerza centrípeta, llegado un punto crítico, explota de manera expansiva provocando una transformación de su entorno. Por lo que la concentración de recursos económicos por parte de los mercados financieros llegará un momento que será insostenible para el ecosistema de cualquier sociedad –ya que el mercado financiero forma parte de la sociedad y, sin ésta, no puede existir-, redistribuyendo los recursos financieros por el conjunto de los campos donde crece la economía real.

La diferencia entre el proceso natural y cíclico de las nubes, y los mercados financieros, es que estos últimos son una creación artificial del hombre, por lo que a cada experiencia de su particular bing-bang su naturaleza se ve alterada por un profundo proceso de redefinición y reinvención para hacerla más compatible y sostenible con su propio medio natural: la sociedad.   

Mientras tanto, la falta de lluvia de capacidad de consumo que seca nuestros campos del mercado laboral hace la vida imposible para millones de personas que continúan viviendo porque dejar de respirar no es una opción, descubriendo por sí mismas que hay vida más allá del dinero, viviendo fuera del marco de la ley porque ya no les protege, y encontrando el camino personal que da el poder de crear un sistema económico sustitutivo y complementario al mercado financiero, a la espera que éste vuelva a estallar redistribuyendo así los bienes comunes que concentra y que pertenecen al conjunto de seres humanos por derecho natural.

Así que la respuesta es sí, sí que se puede vivir sin dinero y continuar sonriendo, porque la fuerza de la vida siempre se abre paso ante cualquier circunstancia, porque el hombre es un inconformista ser creador de realidades alternativas por naturaleza, y porque ante la amenaza de lluvias torrenciales todos miramos esperanzados y con espíritu revolucionario al cielo cantando al unísono “¡Ojala que llueva café en el campo!”.