jueves, 31 de enero de 2013

La cara oculta del fracaso o el precio de la libertad


A varias horas aún de vuelo, y tras la sesión oportuna de reparación de sueño, no puedo dejar de pensar en la cara oculta del fracaso mientras sobrevuelo el Atlántico. ¿A qué me refiero?, pues a todo aquello que las personas somos capaces de hacer por miedo al fracaso. Y para explicarme mejor, relataré dos experiencias personales que me han sucedido en menos de 24 horas.

La primera se dio ayer por la mañana, cuando tuve ocasión de visitar una prisión para dar una pequeña conferencia-coloquio sobre el libro “El Poder Transformador del Fracaso”. El encuentro con un grupo diverso de internos realmente me resultó muy enriquecedor, aportándome las diferentes dimensiones en la gestión del fracaso y los procesos de reinvención entre personas privadas o no de libertad. Pero algo me llamó especialmente la atención, y fue la percepción generalizada entre los reclusos sobre la concepción del fracaso, ya que la entendían como aquel estado en el que una persona no tiene dinero. En otras palabras, para ellos quien no tiene dinero es un fracasado, y no el hecho de estar en prisión, ya que lo consideran como una consecuencia directa de ser pobres. 

Como podéis entender, la lectura de la vida que manifiestan las personas en prisión, a parte de que nos debe poner en urgente alerta sobre qué tipo de sociedad estamos construyendo (situando el dinero en la cúspide de los valores sociales), nos ofrece un claro ejemplo de hasta dónde es capaz de llegar un ser humano para no sentirse fracasado: consumación de delitos de todo tipo de naturaleza. Una realidad sociológica a la que denomino, como reza el título del artículo: la cara oculta del fracaso.

La segunda experiencia que deseo narrar, también aún caliente, es de tan sólo hace unas horas, cuando en el aeropuerto he conocido a una chica árabe que, si no me hubiese desvelado su nacionalidad, creía que era española. La mujer, joven en edad pero madura en espíritu, de facciones agraciadas y trato dulce y educado, me desveló que su motivo de viaje era ni más ni menos que el huir de casa de sus padres para rehacer su vida en un país escandinavo de clima gélido (en contraste con la naturaleza caliente, por raza, de su sangre magrebí). La razón de la fugaz escapada, sin más recursos que una abultada maleta llena de ropa, era la turbia y violenta relación de dominio y control que los padres ejercían sobre ella, una hija quizás excesivamente occidentalizada para gusto paternal, en una distorsionada concepción paternofilial en la que el padre considera a su hija como un objeto de su propiedad.

En este caso, es evidente que el padre debe sentirse fracasado frente a su hija por no haber conseguido subyugarla, ni incluso por medio del uso de la fuerza bruta, de acuerdo a su particular concepción de cómo debe de ser la educación con los hijos. Una realidad de rabiosa actualidad, en el choque de dos generaciones con influencias culturales casi enfrentadas, que ya conocí triste y sobradamente años atrás en la época en qué viví en Casablanca. Y otro caso más en el que también podemos hablar de la cara oculta del fracaso o el precio de la libertad.

En ambas historias, junto al sentimiento de fracaso -unos por ser pobres y otros por no conseguir dominar a su filiopropiedad, empujando a los primeros a delictir y a los segundos a maltratar-, también se repite un patrón común: la importancia que se otorga a la imagen exterior, es decir, el profundo sentimiento de vergüenza latente que tienen del qué dirán los demás cuando se enteren que, según su percepción, han fracasado en dichos ámbitos de su vida. He aquí, de nuevo, la cara oculta del fracaso o el precio de la libertad.

Anécdota a parte con el destino que tiene el capricho de hacerme volar sobre Marruecos en estos justos momentos en los que escribo estas líneas, el hecho es que tenemos que tener claro que el fracaso no es un valor universal, sino un determinismo cultural de una sociedad en concreto en la que crece y se desarrolla; que la persona que experimenta el fracaso no podrá superarlo si no trasciende dicha concepción cultural que bloquea y enferma su cuerpo emocional hasta el punto de poderlo transformar en un ser inhumano; y que quien sufre la agresión de la cara oculta del fracaso debe pagar un precio –ya sea material, emocional, intelectual o espiritual- para recuperar su libertad como persona.

Y dicho lo que quería decir en este como siempre breve artículo, y ya para acabar, aprovecho esta humilde ventana al mundo para despedirme, no sin antes hacer un par de menciones sentidas a personas relacionadas con las historias narradas:

En primer lugar quisiera enviar un cálido saludo a Nelda, a quien le doy las gracias por ser como es y a quien espero que la vida la colme con una férrea salud. También envío un saludo a Juan Carlos, para que continúe creciendo interiormente e iluminando exteriormente a todos los inquilinos de los módulos. Así como un cariñoso recuerdo para el resto de personas internas y el equipo humano de la prisión.

Y, finalmente pero no menos importante, para ti Alem, un abrazo especial lleno de buenos deseos positivos en esta nueva etapa de la vida que seguro te regalará, entre otras muchas cosas, una larga y fuerte cabellera.

Inshalá!