lunes, 24 de diciembre de 2012

Pido a Santa Claus que transforme el dinero en bonos sociales


Seamos lógicos, si existen los recursos necesarios en el planeta con los que elaboramos los materiales para construir todo lo que conocemos, desde un zapato hasta un satélite pasando por un coche hasta la investigación de un nuevo fármaco, ¿para qué necesitamos el dinero?

En otras palabras, ¿por qué no construimos todo aquello que inventa el hombre para su bienestar personal sin necesidad del dinero, si existen los recursos suficientes y la mano de obra cualificada necesaria para hacerlo? Ya que, como bien sabemos en las sociedades autodenominadas como desarrolladas, de recursos para satisfacer las necesidades de todas las personas tenemos en excedencia, por lo que el problema no está en la cantidad sino en su sistema de distribución. A todas luces, vincular los recursos con el dinero resulta, a los ojos de una conciencia no contaminada, retorcido.

-Papá, ¿quién inventó el dinero? –me preguntó ayer noche, vigilia de Noche Buena, mi hija Carlota de nueve años, que no entiende por qué en una sociedad rica que tiene de todo, y que se autopromociona a bombo y platillo como opulenta a través de la televisión, hay quienes viven en las limitaciones de la pobreza material y otros en la holgura de la abundancia.

Si todo aquello que construye el ser humano no tuviera un precio económico sino un valor social, sobre la base del principio de la equidad, podríamos crear un verdadero estado del bienestar social para el conjunto de la humanidad. Porque, siendo sinceros, ¿por qué ponemos hoy en día precio a las cosas?. La respuesta está en la especulación y en la voluntad de poder y de control que derivan de un espíritu profundamente avaricioso y egoísta del ser humano, el cual se camufla y legitima en rocambolescas leyes del mercado financiero que no tienen más objetivo que mantener las diferencias entre los que tienen y los que no tienen. O, ¿a caso un ser humano es menos que otro ser humano?, para según quien la respuesta no tiene lugar a dudas y es rotundamente tajante: sí, hay personas cuyas vidas valen más que otras.

Sustituir el actual Mercado Financiero de Valores por un Mercado Social de Valores no es un debate de neoliberales contra poscomunistas, sino un cambio de mentalidad colectiva en una sociedad global. Sustituir el valor del dinero que divide y excluye por el valor social que unifica y dignifica la vida de todas las personas forma parte de la evolución de la propia humanidad a nivel individual, como único camino posible para eliminar los desequilibrios sociales con nombres y apellidos de los que se alimentan cada día nuestros telediarios.

Los llamados estados de bienestar social, tan en desuso en la vieja Europa actual, implantaron el bien social por encima del bien económico justamente para solventar los desequilibrios de las clases sociales a favor de los más desprotegidos, es decir de aquellos seres humanos que menos poseían materialmente. Y así poder crear sociedades donde la sanidad o la educación, entre otros, fueran derechos fundamentales. Derechos actualmente transgredidos nuevamente por el poder financiero que se niega a redistribuir los bienes comunes del conjunto de la humanidad para uso y disfrute exclusivamente propio.

Estoy seguro, al igual que mi propia hija intuye como cualquier otro niñ@ con su bendita ingenuidad, que existen modelos alternativos de sociedad en los que la moneda de cambio para disponer de bienes de consumo y servicios no produce los desequilibrios a los que tristemente estamos acostumbrados, y que permite continuar alimentando la capacidad de superación personal de seres humanos ilusionados por el ejercicio de su vocación, ya sean médicos, mecánicos, artistas, arquitectos, inventores, carpinteros o maestros para beneficio del conjunto de la sociedad.

Porque estoy convencido, con la misma fe ciega de un niñ@ que cree que todo es posible, que nos sobra inteligencia para redescubrir esos nuevos modelos de sociedad, si nos armamos a su vez de coraje y de una férrea voluntad por construir entre todos un mundo más humano. Porque aquello que el hombre construyó con sus limitaciones históricas podemos desmontarlo para volver a construirlo mejor, conscientes que para ello se requiere del trabajo de generaciones con una nueva conciencia humana. Y porque sí se puede cambiar el futuro, ya que no existen futuros absolutos, para crear una nueva estructura de convivencia benefactora a la que llamemos nueva sociedad.

La buena noticia es que ya hemos comenzado el viaje hacia nuevos, mejores y renovados horizontes para la humanidad, puesto que con la redistribución del conocimiento en esta incipiente era de la globalización no solo se está universalizando el saber traspasando barreras de fronteras, razas y clases sociales, sino que se está sembrando las semillas de esperanza críticas necesarias a la espera que germinen con fuerza en el interior de los hombres y las mujeres de buena voluntad de este planeta. Y, de hecho, ya estamos viendo los primeros efectos: ante una injusticia social, por local y pequeña que sea, surge una espontánea y crítica reacción opuesta de contestación social.

Por todo ello, y porque creo firmemente en la grandeza de la humanidad -que solo necesita del ambiente adecuado para iluminar el mundo con la luz interna propia de todo ser humano-, en estas fechas tan señaladas de magia, deseos y buenas intenciones, pido a Santa Claus que nos traiga no solo la paz, la abolición del hambre y la erradicación de las injusticias sociales en el mundo, sino que con su poderosa magia convierta el dinero en moneda de intercambio de valores sociales para el bienestar de todas las personas que habitamos en este diminuto planeta azul.

Feliz Navidad con sabor a esperanza.