sábado, 3 de noviembre de 2012

El fracaso escolar no es un fracaso de los niños, sino de las escuelas

¿Por qué un niño fracasa en la escuela? La respuesta, por todos bien conocida es porque no pone atención, ¿verdad? Pero, ¿por qué no pone atención?, deberíamos preguntarnos. La respuesta es bien sencilla: porque no le motiva.

La motivación es el factor clave de todo niño para atraer su atención. Los niños no saben leer en clave de rentabilidad futura, pues para ellos no existe más tiempo que el presente que viven. El futuro es cosa de mayores. Y hacer cosas que a uno no le motivan en absoluto, también.

La motivación en la escuela no tiene nada que ver con el bajo o alto coeficiente intelectual del niño, ni con su carácter, profundamente influenciado por factores ambientales y neurobiológicos, sino que la motivación en la escuela tiene que ver con la personalidad individual, única e intransferible de ese individuo como ser humano que desea conocer y explorar el mundo. En otras palabras, hay tantas motivaciones personales diferentes como niños existen en el planeta.

Por otro lado, debemos tener en cuenta una característica clave de la motivación en los niños: esta se reconoce, no solo por el entusiasmo y dedicación manifestada al realizar una tarea, sino porque va parejo al desarrollo de una actividad que se realiza de manera alegre, sí, pero también natural y casi innata, lo que podríamos denominar como la expresión de un don. Pero aún hay más, si nos fijamos bien en nuestros hijos, estos no sólo tienen un don, sino varios. Y la elección futura de seleccionar un don entre otros para experimentarlo y desarrollarlo de manera más singular va íntimamente ligada a la autopercepción subjetiva de la satisfacción personal.

Así pues, en los casos llamados como fracaso escolar, ¿quién es realmente quién fracasa, el modelo educativo de la escuela, o los niños? En las escuelas tradicionales, que se basan en la metodología de la memorización, el adoctrinamiento y la estandarización homologada de cerebros, como si de granjas de loros repetidores se tratase, donde no existen diferencias entre un loro u otro, está claro que la responsabilidad del fracaso recae sobre el loro por defectuoso al no poderlo certificar como loro homologado. En este sentido, ¿qué concepto se tiene de un niño fracasado escolarmente, aquel que se rechaza por defectuoso bajo los criterios limitadores de control de calidad de homologación educativa sin haber tenido en cuenta cuál es su don innato?

A estas alturas de la humanidad, donde es más relevante la emprendedoría – también llamada realización personal – como activo de alto valor añadido para el conjunto de la sociedad que la producción automatizada en cadena, donde es más relevante la creatividad que la repetición, donde es más relevante la capacidad de interrelación de ideas y conceptos que la memorización de estructuras referenciales rígidas y en muchos casos obsoletas, donde es más relevante la gestión del conocimiento que la información estática y parcelada y, en definitiva, donde es más relevante el desarrollo potencial de actitudes personales que la aprehensión de aptitudes colectivas; en este contexto de evolución humana las escuelas deberían ser verdaderos centros de apoyo al desarrollo de los dones innatos de los niños. Si fuera así, no solo construiríamos un mundo de mayores más felices, sino una sociedad más rica en calidad y bienestar social.

Crear escuelas cuya metodología pedagógica tenga como objetivo principal el apoyar al desarrollo de capacidades, habilidades y actitudes positivas innatas de nuestros hijos no es difícil, y de hecho ya existen algunos excepcionales casos prácticos. Lo difícil es que en un mundo cuyas sociedades se definen y construyen desde arriba hacia abajo –dime qué sociedad quieres y te diré qué tipo de escuelas debes construir-, es que las estructuras de poder permitan cambiar las reglas del juego que posibilite que las sociedades se construyan desde abajo hacia arriba, a través de sus escuelas, mediante el desarrollo en libertad de los dones innatos que todos los seres humanos traemos al mundo desde el momento incluso anterior al de nuestra propia concepción.

No obstante, el fomento de los dones innatos de nuestros hijos, que les ayudará a ser personas adultas útiles y enriquecedoras socialmente desde la autorrealización personal, no es responsabilidad exclusiva de las escuelas (con su sistema educativo obligatorio por ley), sino que también es responsabilidad nuestra como padres por derecho natural. Así pues, reivindiquemos como padres nuestro papel clave en la formación de nuestros hijos como futuros adultos felices y autorrealizados. O, a caso, ¿no es esto lo que desea todo padre para sus hijos?

El denominado fracaso escolar actual aún se concibe desde una limitada y caduca concepción educativa industrial de la producción en serie donde todos nuestros hijos, sin excepción, deben estar forjados bajo el mismo patrón con el certificado de control de calidad del título correspondiente, anulando así sus dones innatos y, por extensión, su identidad personal. Así pues, ¿cómo queremos que nuestros hijos sepan quiénes son y qué saben realmente hacer cuando sean mayores? En otras palabras, en el denominado fracaso escolar tengamos claro que no fracasan nuestros hijos como estudiantes, sino nosotros como educadores de personas.

Por una sociedad más humana y feliz, apostemos por los dones innatos de nuestros hijos. Seguro que la historia futura del planeta nos lo agradecerá.