lunes, 14 de noviembre de 2011

Somos emprendedores por naturaleza!

Somos emprendedores desde que nacemos hasta que morimos. Ya de pequeños estamos todo el día emprendiendo cosas nuevas, y muchas veces, varias cosas a la vez. Por lo que a los papás, muchas veces esa energía creadora de los más pequeños no sólo les parece agotadora, sino incluso estresante. Y esa fuerza innata, impetuosa e irrefrenable de la emprendedoría que llevamos todos dentro, ya desde pequeños el entorno lo asocia a la capacidad de tener éxito en la vida. Así, si de edad bien temprana balbuceamos “papá” o “mamá”, seguro que seremos miembros de la Real Academia de la Lengua Española. Si en cambio descuartizamos una muñeca, seremos a todas luces cirujanos o biólogos. Y si se nos ocurre pintar las paredes, los mayores ya verán en nosotros unos Picasso en potencia.

El problema es cuando ese niño o esa niña no alcanzan el éxito previsto en su vida. Es entonces que la sociedad, que no está preparada para aceptar el fracaso, gira la espalda, mira hacia otro lado, y señala a esa persona como una vergüenza familiar y social a la que hay que esconder.

Crecemos y nos desarrollamos en gran parte de nuestra vida como personas con una idea de éxito que los demás tienen, o que los demás quisieran tener. Porque muchas veces el concepto de éxito que aprehendemos no es más que una sombra alargada de las expectativas frustradas de aquellas personas que tenemos en el entorno más inmediato. Y, ¿por qué actuamos así?  Pues porque todos queremos sentirnos queridos por los más próximos ya desde pequeños, aunque estemos debilitando nuestra propia autoestima al hacerla dependiente de la aceptación o rechazo por parte de los demás. Pero, con independencia de este efecto secundario nocivo a largo plazo (la cesión de nuestro poder a los otros en un debilitamiento de nuestro valor más preciado: la autoestima), lo más grave es que el crecer como personas intentando gustar a los demás nos está apartando de quienes somos realmente. Hasta que al final, ya no sabemos quienes somos y, ante una situación de fracaso, la persona se encuentra totalmente perdida porque no sabe ya quién es, ya que su identidad se basaba en exceso en la reafirmación de su entorno.

Llegados a este punto, en una sociedad con una concepción negativa del fracaso, y donde las personas crecen perdiendo su propia identidad –ya que no desarrollan sus propias habilidades, sino las que desean los otros-, y por tanto pierden su fortaleza interna como seres humanos, la experiencia del fracaso ataca directamente la línea de flotación existencial de toda persona: su autoestima. Una situación que desemboca en una tragedia social y humana.

Tragedia social porque la sociedad que no sabe gestionar de manera constructiva la experiencia del fracaso, lo que realmente está haciendo, aunque sea de manera inconsciente, es amputar el activo más valioso de toda sociedad: el emprendedor. Y en una época de crisis socio-económica y de cambios de paradigma políticos y de mercado, una sociedad sin emprendedores está condenada al fracaso. ¿Cómo queremos levantar un país, como es el caso de España, si sólo contamos con una tasa de emprendedores del 5%, de los cuales en un 65% no repiten la experiencia de la emprendedoría tras su primer fracaso por el castigo social que reciben?

Y tragedia humana porque, a día de hoy, en el caso de España, el suicidio es la mayor causa de muerte no natural, por delante de los accidentes de tráfico, provocado por la actual situación económica por la que pasa el país.

Sobre la base que el fracaso es una experiencia de aprendizaje, que un fracasado es aquello dependiendo de la concepción cultural positiva o negativa que tenga la sociedad en la que se desarrolle, y que todos fracasamos porque es Ley de Vida (Las 3 Verdades Fundamentales del Fracaso), y sobre la exigente necesidad por motivos de salubridad social de potenciar una cultura positiva del fracaso en aquellas sociedades más intransigentes con esta experiencia de vida, el fracaso guarda un gran valor: el ayudarnos a reconectar, de nuevo, con quien realmente somos.

La gran enseñanza de la experiencia de aprendizaje vital que es el fracaso es mostrarnos quién somos y quién no somos realmente. Ya que muchas veces fracasamos en nuestro objetivo por dos motivos principales. Uno, porque realmente ese no es nuestro objetivo sino el de los otros, el de nuestro entorno. Y dos, porque es la única manera de aprender a saber quién somos verdaderamente.

Así pues, amig@:

1).-Sé emprendedor porque es condición humana.

2).-Fracasa, porque es un camino de aprendizaje vital para saber quién eres realmente y reconectarte con tu sabiduría personal.

3).-Desapégate emocionalmente de toda concepción cultural negativa sobre el fracaso, pues ataca de manera directa tu autoestima.

4).-Reclama a la vida el Éxito que hay en Ti, pues todo emprendedor alcanza su éxito.

5).-Y, por último, Sé Tú mism@. Sé Tú!, porque así encontrarás la paz de espíritu y la fortaleza de la libertad que tanto anhelas.

Y ahora que ya lo sabes, no permitas que nadie cambie ni falsifique tu verdadera naturaleza: Tú eres un emprendedor por condición humana y en Ti está la semilla del Éxito (de tu concepción personal de éxito que tienes de la vida).