lunes, 3 de octubre de 2011

Los finales son una ilusión, fruto de la ceguera de las identidades

Acabo de ver un pequeño video recién filmado en julio de este año en Edimburgo en el que un biólogo se jactaba de conseguir dar vida a un trozo de materia bajo el prisma de un microscopio que, según él, estaba muerta (Lee Cronin: Haciendo que la materia cobre vida). La verdad es que me ha parecido un juego de espejos de niños. Es como señalar un punto en un círculo y afirmar que ese es el final de ese círculo, y a continuación levantar de nuevo el dedo sobre la línea del círculo para volver a afirmar que se ha conseguido volver a dar continuidad a ese círculo cerrado en sí mismo.

¿Cómo podemos afirmar que algo está muerto en un punto de su proceso de evolución y transformación, en un universo infinitamente vivo que se encuentra en un continuo fluir de un eterno cambio de si mismo? A caso, ¿no nos enseñaron ya de pequeños la máxima elemental que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma? ¿No somos nosotros parte de esa energía? Sin hablar ya de la conciencia que forma parte de cada una de las partículas de energía del universo, donde se incluyen las células que conforman toda la materia orgánica, como ya sabían los antiguos y recientemente redescubren los científicos cuánticos.

Este pequeño escenario nos permite extraer dos aprendizajes:

1) Por un lado, que el fin de las cosas es una ilusión humana, ya que siempre, siempre, forman parte de un proceso de transformación de la naturaleza que observamos. A veces más superficial,  a veces más profunda o alquímica.

(Me gusta recordar que los egipcios no contaban en su vocabulario con la palabra muerte, sino que en su lugar utilizaban el concepto de cambio y transformación.)

2) Y, por otra parte, que el identificarnos con sólo una parte del conocimiento de las cosas nos produce ceguera, ya que no nos permite extraernos con la suficiente distancia de lo observado para ver un poco más allá de su estado puntual y concreto de evolución.

(Como las hormigas que no pueden ver desde el suelo el conjunto de la hilera, y con ella el otro lado de los múltiples obstáculos que se encuentran en el camino)

En otras palabras, y recogiendo un conocimiento práctico para la vida diaria, podríamos decir que:

1) Debemos reeducarnos para desdramatizar los finales de los ciclos en nuestra vida, ya que siempre existe un después, al igual que a la noche le sigue el día. Ello nos aporta serenidad de espíritu interior y un sentimiento de mayor libertad, pues al desdramatizar nos desapegamos tanto de lo físico como de lo emocional.

2) Así como debemos desaprender de las identidades que dan sentido y falsa seguridad a nuestras vidas, ya que son parcelarias y sectarias. Al liberarnos de la dictadura de nuestras identidades culturales nos estamos liberando de unas gafas que nos limitan la manera de ver y entender el mundo (biólogos, banqueros, ingenieros, políticos, marketinianos, etc). Para vivir e intuir la vastedad de la vida, y con ella su riqueza de infinitas posibilidades, debemos abrir nuestra mente y nuestro corazón a un espacio interior expuesto a los horizontes de los cuatro puntos cardinales.

Así pues, amig@ mi@, desdramatiza las ilusiones de los finales en tu vida y desaprende lo aprendido para poder intuir la vastedad luminosa de la realidad de las cosas, donde todo está interconectado con todo en un holograma infinito de conciencia que es el universo. Y así, desdramatizando y desaprendiendo, podrás volar!