lunes, 30 de mayo de 2011

El sistema hipotecario No se ajusta al espíritu de una Democracia Real

Veamos... Uno: Si una tasación es un documento que presenta una estimación del valor mercantil justo de una propiedad...

Y Dos: Si una tasación es una exigencia previa por parte de una entidad financiera antes de aprobar un préstamo para garantizar que la cantidad del préstamo hipotecario no sea mayor que el valor de la propiedad...

Entonces llegas al Tres, donde uno se pregunta: Si se invierten las condiciones hasta el punto que el valor de la propiedad es inferior a la cantidad del préstamo hipotecario concedido, como sucede actualmente, ¿no debería realizarse una nueva tasación para actualizar la estimación del valor justo de una propiedad? Y así pues, si varía  la tasación, ¿no debería variar también el préstamo hipotecario?

Es decir, si la tasación de un inmueble viene determinado por factores variables y fluctuantes externos (como es la comparación  con otros inmuebles similares del entorno, el valor del terreno y el coste de la construcción –que varía según la oferta-demanda del mercado-, básicamente), ¿por qué la deuda hipotecaria debe ser fija a lo largo de los años si va íntimamente ligada al valor mercantil del inmueble? O sea, ¿puede variar el valor del inmueble, pero no el de su hipoteca que se creó a partir de este?

Vamos a ver. Si una persona, pareja, familia, solicita un préstamo hipotecario para la adquisición de un piso o una casa, y el valor de este piso o casa se deprecia por los factores variables y fluctuantes externos del mercado hasta situarse por debajo del valor de la propia hipoteca, ¿por qué hay que mantener el importe antiguo del préstamo hipotecario? Si es así,  como pasa en la actualidad, nos encontramos con absurdos donde el préstamo hipotecario es mucho mayor que el precio de la vivienda a partir del cual se creó.

Llegados a este punto, a uno se le antojan varias reacciones  emocionales:

Una de indignación,  ya que en su día los vendedores de hipotecas –encubiertos por los Gobiernos de turno- echaran mano de publicidad engañosa y falsa para colocar sus productos financieros, puesto que vendieron como una máxima universal el hecho que la adquisición de un inmueble era una inversión segura a medio y largo plazo ya que su precio nunca se devaluaba, al contrario se revalorizaba al alza marcando así distancias progresivas con respecto al valor hipotecario.

Y otra de  profunda injusticia, ya que en la actualidad, una persona, pareja, familia que no puede hacer frente a la cuota mensual de su hipoteca –tampoco nadie le explicó que el mercado laboral caería en picado-,  no solo se queda sin vivienda, sino que debe hacer frente a la diferencia entre el valor del préstamo hipotecario y el valor actual y real de tasación de la vivienda devaluada. 

Ante esta situación, lo adecuado y justo socialmente sería aplicar lo que nos dicta el sentido común:

1.- Revisar los préstamos hipotecarios -ya de por si de larga vida: 30, 40 y hasta 50 años- , para adecuarlos al valor real y actual de las viviendas. Si valen menos, debe pagarse menos, porque nos encontramos frente a parámetros variables y no fijos.

2.-Si una persona, pareja, familia, ante la actual situación de cambio de reglas del mercado, no puede hacer frente al préstamo hipotecario y decide devolver la vivienda a la entidad financiera, la deuda hipotecaria debe cancelarse. Ya que la entidad financiera ya ha obtenido beneficios a lo largo de la vida del propio préstamo hipotecario, y además se queda con un activo que puede volver a rentabilizar vía nueva venta o alquiler del mismo. Lo contrario es usura pura y dura.  

Entiendo que los bancos y cajas no quieran oír ni hablar de ello, ya que su estructura se fundamenta sobre cimientos de especulación hipotecaria, que han reconvertido en producto financiero-mercantil internacional de venta los millones de deudas personales con nombres y apellidos para conseguir dinero ficticio, que no real, cuyo valor como moneda en curso solo existe en ese mundo paralelo que orbita alrededor del universo bursátil.

Pero en este sencillo articulo no hacemos una defensa de la  justicia financiera –que se muestra a todas luces carroñera-, sino de justicia social. Y si para ello, debemos modificar el sistema financiero –ese poder que ejerce de Estado dentro del Estado-, pues actuemos. Porque la verdad es que en la actualidad se muestra insolidario e insensible con las necesidades del conjunto de la sociedad. Al contrario, si de algo se puede jactar en la actualidad el sistema financiero es de ayudar a empobrecer el mal parado Estado del Bienestar Social del que formamos parte todos. Ante este panorama, ¿podemos afirmar que el actual sistema hipotecario, que ha convertido al ciudadano en pura mercancía de esclavos, se ajusta al espíritu de un sistema de Democracia Real?. La respuesta es clara: No.