martes, 22 de mayo de 2018

¿Y si el ser humano solo fuera una unidad de transporte de información de la Energía?


En una sociedad donde reina el imperio de la ciencia empírica, y más concretamente de la física (ya sea relativista o cuántica), se habla mucho de la energía como capacidad para realizar un trabajo, de sus diversas manifestaciones, unidades y magnitudes de medida, modos de transporte y potencialidad de transformación. De hecho, de energía está constituido todo el universo de vida y antivida conocido, incluido los seres humanos. Pero poco se hace mención a su capacidad de transportar información, más allá de la información física que contiene el tipo característico de energía al que nos estemos refiriendo.

No obstante, sabemos que la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma, y asimismo también sabemos que la energía contiene información, ergo podemos concluir en un primer axioma que la energía es una fuerza de acción que transporta información. Pero, ¿qué tipo de información transporta?, nos preguntaremos. La respuesta, como es obvio, difiere dependiendo de si nos estamos refiriendo a la energía de un haz de luz, la energía de una montaña, la de un átomo o la de un organismo complejo multicelular como es el ser humano.

En este sentido, en lo que respecta al ser humano, hasta la fecha nos creíamos transportadores de dos tipos de información bien diferenciadas, específicas y hasta cierto punto inocuas para el individuo: una de carácter endógena como es la biología (la herencia genética familiar), y otra de carácter exógena como es el conocimiento. No obstante, los continuos avances científicos de rabiosa actualidad ponen de manifiesto la amplitud del alcance de nuestra memoria genética hasta el punto de conocer, a día de hoy, que el adn es capaz de transmitirnos la memoria emocional de nuestros antepasados como pueden ser experiencias de miedo o de estrés, entre otros. Es decir, si no teníamos suficiente con lidiar con nuestras propias carencias para afrontar los retos del mundo de una manera óptima y sana emocionalmente, además debemos resolver cargas emocionales pendientes de nuestros antepasados que seguro condicionan nuestras vidas presentes.

Pero, dependencias psicológicas a parte, retomemos el hilo argumental central. Si todo es energía, y la energía no es más que una fuerza de acción que transporta información, el segundo postulado de esta breve reflexión nos señala que el ser humano es una unidad de acción que transporta información. Por lo que la pregunta trascendental ya no es cuestionarse sobre ¿qué tipo de información transportamos?, sino interpelarse sobre ¿cuál es la finalidad de transportar dicha información?.

La respuesta nos abre las puertas de acceso directo a la metafísica, con tantas variables como teorías y creencias existan sobre la faz de la tierra, por lo que su conclusión no es más que hipotética y, por tanto, ciertamente indeterminable que dejo al mejor criterio de cada lector. Ya que personalmente no me interesa tanto enzarzarme en un inútil debate acalorado de razonamientos por conocer la finalidad trascendental del transporte de información por parte del ser humano (cada cual que crea lo que ha decidido creer), como ser consciente que la esencia de la existencia de la energía en el Universo es transportar información en el espacio-tiempo a lo largo de sus múltiples transformaciones impermanentes (lo que nosotros denominamos como los ciclos de la vida, ya sea a nivel micro o macrocósmico).

Así pues, a modo de conclusión de este fugaz pensamiento y a la luz de la argumentación expuesta, podemos observar al ser humano como una unidad de transporte de información más de la fuerza de acción en continua transformación conocida como energía, la cual configura el Universo más allá de cualquier lógica espacio-temporal percibida por nuestra mente. Quizás, la información que el hombre como organismo vivo se transmite de generación tras generación se reduce a una pulsación vital de la propia naturaleza de la energía que se manifiesta como ente cósmico en su dualidad de creación-destrucción. Y en medio de este omnipotente baile, nosotros -como organismos que formamos parte del todo energético- vivimos la vida con la misma intensidad dramática al igual que una de las cualquiera 48 billones de bacterias que viven en el universo de nuestro frágil cuerpo. Y es que el Universo es un multiflujo de datos de información de energía en continua transformación en búsqueda de su propia existencia, donde parece ser que lo de menos es la forma y la razón de ser.

Como dice mi pareja Teresa a raíz de leer el artículo: -No somos más que “pendrives” con patas (para la Energía).

El debate está servido: ¿qué fue primero, la Energía o la Información?



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

miércoles, 16 de mayo de 2018

La revolución del Talento como materia prima en la era de las Ciudades-Estado


Por primera vez en la historia de la humanidad, desde el año 2014, más de la mitad de la población de todo el planeta (54%) se concentra en las ciudades, las cuales a su vez producen más del 80% del PIB mundial, habiendo ciudades como Tokio o New York cuyo PIB supera al de países enteros como España o Canadá. Si a ello le sumamos la inminente transformación profunda que se va a producir en el mundo rural a favor de los avanzadísimos desarrollos en comida producida tecnológicamente en las ciudades, a través de las nuevas ciencias de la bioimpesión (alimentos personalizados por ordenadores), las computadoras de alimentos (ordenadores que “cultivan alimentos”), y la carne “limpia” o in vitro (carne que crece en laboratorios a partir de células animales, sin necesidad de sacrificar seres vivos) -cuyo objetivo es substituir a la industria cárnica: el mayor contribuyente del mundo en emisiones de dióxido de carbono, desforestación y consumo masivo de agua-, nos da como resultado una combinación de factores que nos obliga plantearnos una pregunta triple: ¿qué papel futuro van a jugar los Estados respecto a las grandes ciudades?, ¿cuál va a ser el rol del mundo rural en el nuevo horizonte?, y ¿qué materia prima va ha fundamentar el desarrollo económico en esta nueva historia de la humanidad?.

La nueva Era de las Ciudades-Estado

Lo que parece indiscutible, según todos los indicadores económicos globales, es que hemos entrado en una era donde la humanidad se vertebra -desde una perspectiva de desarrollo evolutivo como especie- a través de las grandes ciudades del planeta, rememorando las antiguas ciudades-estado de la Grecia Clásica, cuna de la civilización occidental. Pero, en este papel protagonista de las ciudades como dinamizadores de nuestra evolución, ¿cuál es el futuro previsible de los Estados mismos y del denominado mundo rural?.

En la acutalidad nos encontramos con la paradoja de la existencia de un organismo mundial que agrupa a los países con mayor peso económico del mundo conocido como el G7, que en teoría determina las directrices para el funcionamiento del conjunto del planeta, en el cual se encuentra por ejemplo Canadá, y en cambio Tokio (con mayor PIB, como ya hemos apuntado) no es miembro por ser una ciudad. Aunque todos sabemos, a estas alturas, que el G7 está obsoleto y debe ser reestructurado, pues entre sus miembros tampoco se encuentra China como Estado, la inminente primera potencia económica a nivel mundial, con ciudades tan importantes como Shangai y Beijing cuyo PIB conjunto también supera por goleada al PIB de países como Canadá o de España (la cuarta potencia de la UE), y cuya población supera asimismo a la suma de habitantes de los países miembros de la UE y EEUU juntos.

Pero una cosa es el desarrollo económico y otro muy diferente el desarrollo político de identidades colectivas con historia cultural propia, por lo que es previsible que los Estados, si bien van a tener que adecuarse al papel relevante de las denominadas Ciudades-Estado a partir de este siglo XXI, no van a desaparecer. Pues si bien la economía transforma el mundo, la política lo organiza, y no existe política -aun en un mundo global- sin reafirmación de una identidad cultural singular. Por otro lado, no hay que obviar que la existencia de las grandes ciudades no puede concebirse sin el amparo y fomento del Estado al que pertenecen. Ya que el todo es mayor que la suma sus partes, como bien decía Aristóteles.

El mundo rural: ¿una futura reserva natural para los animales de granja?

Otro escenario muy diferente se presenta para el mundo rural, cuya desertización poblacional y devaluación económica va ha obligarlo a redefinir su papel social y de participación productiva en el mundo. Quizás el principio de respecto por el medio natural (paisaje y conjunto de seres vivos) encuentre su máxima expresión en el mundo rural del futuro, convirtiéndose éste en un espacio de protección de la naturaleza en convivencia armónica con el desarrollo tecnológico de un ser humano evolucionado en su tecnológico hábitat urbano. En otras palabras, de igual manera que existen en la actualidad reservas naturales para animales salvajes, no resulta descabellado imaginar reservas naturales, en lo que hoy conocemos como mundo rural, para animales actualmente de granja frente a la revolución que va a suponer para el conjunto de la sociedad de consumo la comida producida tecnológicamente (es decir, exenta de sacrificios animales). Lo que convertiría al mundo rural, en el sentido más amplio del concepto y de su previsible proyección de futuro, de ser un sector económico primario a ser un sector económico terciario o de servicios, y más concretamente del subsector ocio, cultura y/o turismo. (Mundo rural de extracción de recursos naturales a parte).

El talento, la materia prima de la actual revolución industrial

Y en todo este escenario, propio de una cuarta era industrial emergente y aun por desarrollar, ¿cuál es la materia prima (independientemente a las fuentes de energía y maquinarias correspondientes) que sustenta el nuevo desarrollo económico?. Si bien todos sabemos que el carbón y el petroleo fueron las materias primas de la primera revolución industrial (1760-1830), las materias químicas como el plástico y los tejidos sintéticos representaron las materias primas de la segunda revolución industrial (1870-1914), y materias fruto de la innovación, más ligeras y resistentes como la fibra óptica, la fibra de vidrio, nuevas cerámicas, etc, fueron las materias primas de la tercera revolución industrial (1945-2011), la materia prima del actual modelo de desarrollo económico de la sociedad global -fundamentada en la gestión del conocimiento- no es otro que el talento. Pues no existe economía productiva moderna sin competitividad, ni competitividad sin valor añadido (innovación) en productos y servicios, ni innovación sin la mediación del talento.

Es por ello que podemos afirmar, a modo de conclusión en esta breve reflexión, que la humanidad está evolucionando como especie gracias a la fuerza dinamizadora de las nuevas Ciudades-Estado de claro perfil tecnológico, las cuales requieren como materia prima el talento para su desarrollo, que adquieren bien generándolo, bien atraiéndolo (pues el talento se desplaza allí donde existan ecosistemas propicios), con claras y decididas políticas activas a favor de la innovación. Para el resto de ciudades y estados que no se alineen con esta tendencia quedarán relegados como zonas subdesarrolladas del planeta. Más que tiempo al tiempo, en un mundo en un acelerado cambio y transformación continuo: tempus fugit!



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

jueves, 3 de mayo de 2018

El pez al que se le juzga por escalar árboles


Cuando hablo de talento a mis alumnos de Administración y Dirección de Empresas (ADE) siempre les inculco que existen tantos talentos como personas, pero que no hay talento desarrollable si su habilidad competencial no está alineada con la actividad productiva adecuada. Y es aquí cuando les recuerdo la famosa sentencia categórica de Einstein: “Si se juzga a un pez por su capacidad de escalar un árbol, el pez creerá toda su vida que es un inútil”. Es por ello que siempre les insto a que descubran su propio talento, con independencia de las habilidades y competencias que deban aprender para completarse, pues al descubrir su talento redescubren asimismo su hábitat natural de desarrollo personal y profesional, así como su fuente de energía para la motivación individual imprescindible para una buena actitud activa frente a los retos de la vida.

No obstante, soy consciente que mal lo tienen los peces en una sociedad que solo busca, premia e integra a talentos que sepan escalar árboles. Pero, ¿quién soy yo para reprogamar un talento en función de la utilidad productiva social? (E aquí el debate abierto entre autorrealización personal y cobertura de las necesidades básicas). Por un lado, esta sociedad que solo prioriza un tipo concreto de talento, conforme a los dictámenes del Mercado (siempre en continuo cambio y transformación), es incongruente con el fomento de la innovación como factor clave para la competitividad, puesto que la piedra angular de la innovación no es otra que la gestión de la diversidad de talentos (lo que hace posible la riqueza de la Inteligencia Colectiva). Mientras que, por otro lado, me niego a aceptar que caminamos hacia una sociedad donde el ser humano esté predeterminado (hoy por la formación, mañana por la genética prenatal) para la realización de una actividad concreta predefinida en la sociedad, a imagen y semejanza de los ciudadanos de Krypton (el planeta de origen ficticio de Superman) o los ciudadanos de las facciones de la famosa trilogía cinematográfica de ciencia ficción Divergente. Un deprimente horizonte para nuestra especie, que no solo es un ataque mortal a la esencia del humanismo, sino que nos devolvería a la era medieval (pero con tecnología) de la organización social propia de las castas gremiales del feudalismo.

Mientras tanto, a día de hoy, continuamos contando con extraordinarios talentos diversos que, como el pez, no son aptos para escalar árboles en una sociedad donde se premia dicha competencia profesional. La consecuencia resulta obvia (y de rabiosa actualidad): el pez no encuentra trabajo en un mercado laboral de entrada selectiva por su alto grado de demanda priorizadamente especializada, y la perdurabilidad en el tiempo de esta situación -agravado por un Mercado que penaliza la edad- puede llegar a condenar al pez a un estadio de marginación social.

-Lo que tienes que hacer, visto que no vas a conseguir trabajo, es conseguir una prestación de subsidio del Estado para que puedas vivir de las ridículas ayudas públicas hasta que te mueras, -le dicen al pez algunos pragmáticos iluminados que son premiados socialmente por su capacidad de escalar árboles. Y se quedan tan anchos. No hay mayor irresponsabilidad individual y social que empujar a una persona hacia la resignación de vivir una vida que, por ser de mínimos de subsistencia en la mayoría de los casos (por las limitaciones del propio Estado de Bienestar Social), resulta indigna humanamente. Por no decir que se trata de una situación carente de Ética Social. Con independencia del desperdicio de talento que se genera con dicha actitud. Y sin tener en cuenta, además, del ataque directo que se provoca para la autoestima de la persona, línea de flotación de toda esperanza humana.

En una sociedad altamente judicializada como la actual, el ordenamiento jurídico debería contemplar una nueva tipificación delictiva: el de dejar de soñar. Pues solo soñando podemos transgredir la realidad conocida que nos permite construir una nueva, mejor y actualizada versión de la misma. Pero no somos capaces de soñar sin motivación, ni existe motivación (que conlleva creatividad y pensamiento positivo) sin la fuerza interior que nos arrastra a realizarnos como personas mediante el desarrollo de los talentos propios. Ya no solo no debemos de juzgar al pez por su falta de capacidad por escalar árboles, sino que debemos de ser conscientes de su talento diferencial como valor añadido necesario para el desarrollo del conjunto de la sociedad. En nuestras manos está el decidir si apostamos por el crecimiento de una sociedad basada en la gestión de las inteligencias múltiples -y de la salubridad emocional de las personas-, o si apostamos por una sociedad monointeligente (cuya decisión tiene de todo menos de inteligente). Alea iacta est.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

martes, 1 de mayo de 2018

Teoría de lo Abstracto, una idea loca para reinventar la materia


Si pudiéramos ya no controlar, sino crear átomos conocidos y por conocer, la humanidad daría un salto cualitativo como especie en el Universo. Puesto que los átomos son el elemento nuclear que posee las propiedades características de la materia, mediante su agrupación en moléculas. Pero todos sabemos que los átomos están compuestos por partículas elementales que conocemos como neutrones, protones y electrones. Partículas fundamentales que no son más que concentrados de energía en un punto (que por definición no tiene ni alto ni ancho) espacial sin dimensiones, lo cual complica la cosa, pues en dicha escala cuántica no se puede determinar exactamente su posición en una región del espacio, lo que equivale a decir que su posición espacial se determina como probabilidad y no como valor absoluto.

Pero, asimismo, también sabemos que los neutrones y los protones están constituidos por subestructuras denominadas quarks, y más especificamente por tres tipos de los seis existentes de quarks para cada partícula elemental (si bien se han descubierto asociaciones de hasta cinco quarks, y existe una teoría aun sin demostrar de “preones” como subestructuras de los quarks). Aquí cabe apuntar, por otra parte, que los electrones van por libre, ya que si bien cuentan con una partícula más pequeña que conocemos como neutrinos, éstos no forman parte de los átomos sino que se forman a partir del proceso de desintegración de neutrones y protones, creando a su vez como resultado nuevos electrones.

Llegados a este punto, frente a una idea tan loca como crear átomos conocidos (los ya registrados en nuestra Tabla Periódica) como nuevos por descubrir, está claro que el secreto se haya en conseguir jugar al tetris con los quarks, pues éstos son las partículas elementales que interactuan formando la materia nuclear de la vida tal y como la conocemos, así como son las únicas partículas elementales que interactuan con las cuatro fuerzas fundamentales que posibilitan nuestro mundo físico conocido (la gravitatoria, la electromagnética, la nuclear fuerte y la nuclear débil). Pero el problema no radica tanto en el tamaño subatómico de quarks y electrones, el cual es un billón de billón de veces más pequeño que un centímetro -pues en física no se describe a las partículas elementales por su tamaño sino en función de su energía-, sino más bien por la inexistencia de una teoría que de solución unitaria a su comportamiento en relación a nuestra realidad. No obstante, si bien es cierto que ni la Teoría de Cuerdas, ni la Teoría de la Espuma Cuántica o la Teoría de las Singularidades ha resuelto el problema, todas ellas han concluido que las partículas elementales se rigen por una longitud mínima medible por el hombre y que se encuentra en el límite entre la Relatividad General (física de la materia) y la Mecánica Cuántica (física subatómica) llamada Longitud de Planck, por debajo de la cual el espacio deja de tener una geometría clásica, es decir, nuestra idea de figuras geométricas presupuestas por conceptos tales como el punto, la recta, la superficie y mediante la comparación de ángulos y longitudes deja de tener validez.

Pero, ¿cómo podemos jugar al tetris con los quarks para reinventar la materia?. Frente a un planteamiento tan alocado como éste se requiere de una idea loca que esté a la altura: en vez de controlar la energía de los quarks, ¿por qué no enfocarse en reprogramar su agrupación?. Una reprogramación que requiere de una teoría de nueva generación a la que se podría etiquetar como Teoría de lo Abstracto, y que debería estar fundamentada sobre dos de los principios básicos de las partículas elementales: el principio de probabilidad espacial y el principio de geometría abstracta bajo el umbral de la Longitud de Planck. Y, ¿cómo concretamos la Teoría de lo Abstracto?, ya que su conceptualización se fundamenta en romper los esquemas de la realidad percibida. A grandes problemas, grandes soluciones: mediante el uso combinado de las matemáticas imposibles de las supercomputadoras (a poder ser de la china Sunway TaihuLight) y el pensamiento computacional ex profeso de la inteligencia artificial (a poder ser de los modelos de aprendizaje automático de la Universidad de ShanghaiTech o de la misma Universdad de Pekin). Para la fase de experimentación en física aplicada ya acudiríamos al Gran Colosionador de Hadrones de la Organización Europea para la Investigación Nuclear, situado en la frontera franco-suiza. Un apasionante nuevo reto de pensamiento creativo fuera de la caja para un ser humano con la potencialidad de crear nuevas formas de materia y, por extensión, de energías posibles a microescala (en una primera instancia) en un nuevo horizonte para la humanidad; no exento por ello de dilemas profundamente morales que deberán ser afrontados en su momento por la Ética como renovada disciplina de consenso social global para una especie en continua evolución mediante la gestión del conocimiento.

No quisiera acabar esta pequeña, fugaz y alocada reflexión creativa fruto de una noche de insomnio sin subrayar que la misma, si bien pudiera parecer una disertación de física teórica, se enmarca dentro del espíritu de la Filosofía de la Naturaleza -reivindicando así a los presocráticos-, pues no en vano fue un filósofo, el griego Demócrito (s. IV a.C.), el primer teórico de la física de los átomos en la historia de la humanidad. Cogito ergo sum.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

Hemos invertido la Pirámide de Maslow: Autorrealización por delante de necesidades básicas


En estos tiempos de cambios sociales convulsos, a la hora de establecer un orden en las necesidades humanas acudimos -por defecto del sistema educativo- a la jerarquía piramidal de necesidades creada por el psicólogo humanista norteamericano Abraham Maslow en su obra “Una teoría sobre la motivación humana” de 1943. La famosa Pirámide de Maslow establece, como es bien conocido por todos, cinco grandes niveles de necesidades que el ser humano cubre en su experiencia vital personal de manera secuencialmente cronológica: necesidades básicas, seguridad, afiliación, reconocimiento, y autorrealización. Una teoría que no solo ha establecido cátedra en el mundo de la sociología y la gestión empresarial de los recursos humanos, sino que incluso se concibe como un credo irrefutable. No obstante, 75 años de historia después de su concepción, desde la observación de una era industrial diferente e incluso desde la vivencia pragmática de un siglo diferente sobresaturado de nuevos retos, ¿podemos considerar como válida la jerarquía de necesidades humanas establecidas por Maslow?. Personalmente considero que no.

En la actualidad existe un supuesto sociológico que no solo no cumple con la estructura de jerarquización de la Pirámide de Maslow, sino que incluso la invierte y la reordena, me refiero a la tendencia de cobertura de necesidades humanas priorizado por el colectivo social afectado por la crisis económica que vivimos. Una época de crisis económica que,por otro lado, cabe recordar que perdura desde hace más de una década en el mundo occidental. La diferencia sustancial de dicho colectivo afectado por una cansina larga crisis (más incisiva en unos sectores más vulnerables socialmente que en otros) respecto al modelo de comportamiento esstablecido por Maslow es que, en vez de procurarse la cobertura de las necesidades básicas como primer nivel de necesidad jerárquico, buscamos la autorealización personal como prioridad vital.

Una de las razones de la inversión de la pirámide radica justamente en causas histórico económicas y sociales. Si bien Maslow concibe su teoría en 1943, en plena segunda guerra mundial, en un contexto caracterizado por la práctica inexistencia de derechos sociales para los ciudadanos más desfavorecidos, en la actualidad gozamos de las prestaciones universales propias de un Estado de Bienestar Social cuyo modelo de organización política nace en Europa tras la segunda guerra mundial. Ello significa que el nivel de desprotección social de los colectivos más vulnerables en situación de crisis económica no es comparable con otras épocas de la humanidad (aunque sea a costa de las prestaciones públicas por pensiones de los más mayores), hecho que se ve reforzado emocionalmente con la percepción colectiva de abundancia de oferta de productos y servicios.

Una segunda razón en la inversión de prioridades de la pirámide de Maslow debemos encontrarla en el cambio de rumbo de filosofía existencial que ha tomado la sociedad en su conjunto, bajo el determinismo directo de un potente engranaje de economía de libre mercado que no solo ha instaurado una sociedad de consumo impulsiva sino que ha conseguido imponer una nueva religión de corte hedonista donde la búsqueda de la felicidad personal es el leitmotiv de la motivación humana. Ahora ya no es tan importante vivir a cualquier precio como conseguir dar sentido a la vida misma en un mundo aceleradamente impermanente.

Mientras que una tercera razón en la transmutación de prioridades de la jerarquización de las necesidades humanas de nuestra sociedad la encontramos en la larga duración del periodo de crisis económica en el que vivimos, donde los colectivos más desfavorecidos socialmente han visto como progresivamente la brecha entre clases sociales se hacía mayor ante la impotencia (o mejor dicho incompetencia) de las administraciones públicas frente a los dictámenes del Mercado global, haciendo inviable la consecución de la cobertura de los niveles de necesidades de seguridad, afiliación y reconocimiento por la ausencia del ejercicio del derecho del principio de oportunidad. A mayor brecha social entre beneficiarios de prestaciones sociales (con fecha de caducidad) y de rentas del trabajo irrisorias, respecto a beneficiarios de renta de capital, menores oportunidades para las clases sociales bajas (inclusive las extintas clases medias, las cuales mantienen su orgullo de clase propia de antaño de manera semejante a los nobles que exhiben sus títulos familiares aun despojados de todo patrimonio).

Sí, la Pirámide de Maslow, en el contexto social contemporáneo, se ha derrumbado por la feroz erosión de la propia historia que no solo se reinventa a sí misma de manera vertiginosa, sino que reinventa al mismo ser humano. De la pirámide solo nos queda los vestigios aún en pié, aunque invertidos, de su naturaleza polarizada: autorrealización y necesidades básicas. Y de manera diseminada a su alrededor, y sin más patrón que el que determina cada observador, el resto de niveles de necesidades: seguridad, afiliación y reconocimiento. El humanismo, en la actualidad, resiste por respiración asistida.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 


sábado, 28 de abril de 2018

Justicia y Consciencia: una relación complicada de conjugar


Que no vemos las cosas como son, sino como somos nosotros, es una máxima que constatamos a diario. De lo que se deduce que el mundo exterior es relativo en tanto y cuanto está sujeto a nuestra percepción subjetiva de la realidad. De hecho, lo que es justo para unos es injusto para otros y a la inversa, una controversia que socialmente se intenta zanjar mediante el uso de la aplicación de los diversos ordenamientos jurídicos de cada país, no por ello exentos de crítica, cuyas normativas legales siempre van detrás de las necesidades y reclamaciones sociales. Pues el ser humano no puede más que legislar a posteriori en un mundo en continuo cambio y transformación.

Pero lo que personalmente me interesa, legislación a parte, es el por qué ante un hecho concreto y singular dos o más personas pueden diferir sobre su concepto de circunstancia justa o injusta. En una primera respuesta, a voz de pronto, la solución la podemos encontrar en la posibilidad de ángulos diferentes en que los observadores se sitúan en relación a una misma circunstancia o hecho observable. Y, en una segunda respuesta, un poco más reflexiva, podemos incluso aludir a las posibles injerencias de estados de opinión diferentes y externas a las que se ven influenciados dichos observadores por parte de terceras personas ajenas a una observación directa de dicha circunstancia o hecho.

No obstante, imaginemos un caso en que dos personas observan una circunstancia o hecho desde un mismo ángulo y exentas de determinismos de opinión por parte de terceras personas, en la que una llega a la conclusión de que aquello que observa es justo, mientras que la otra considera que es injusto. La respuesta a la diferencia de percepción de justicia de la circunstancia o hecho observable debemos encontrarlo en la diferencia de conciencia de ambos observadores. Es decir, algo resulta justo o injusto dependiendo del nivel de conciencia personal de cada cual.

Y aquí llegamos al punto donde la reflexión se pone interesante. ¿Cómo sabemos que un observador se encuentra en un nivel de conciencia óptimo para observar, y por tanto enjuiciar una circunstancia o hecho, de manera objetiva? (Entendiendo la observación objetiva como aquella que se aproxima lo más posible a la esencia de realidad de lo observable) ¿Cómo saber si alguien es consciente o inconsciente ante un punto de interés observable? ¿Cómo concluir ya no solo si un observador es maduro o inmaduro a nivel de conciencia personal, sino incluso deducir qué nivel de conciencia tiene?.

Hay quienes consideran, como sostiene una catedrática de filosofía moral y política que escuché recientemente en una conferencia sobre ética y política en tiempos de cambio, que la consciencia personal, base para el ejercicio y desarrollo de la libertad individual (y por extensión para el ejercicio de los derechos individuales), se limita al ámbito de la responsabilidad. Una tesis que no comparto en absoluto, pues la historia de la humanidad nos demuestra, a golpe de rabiosa actualidad, que se puede actuar con responsabilidad a espaldas de ser conscientes realmente de lo que hacemos. Justamente, por los diversos niveles de desarrollo de conciencia que tiene cada ser humano en un momento concreto de su existencia (por determinismos biológicos, culturales/ambientales, y psicológicos)

Así pues, volviendo al hilo de cómo discernir si una persona actúa con conciencia o no ante un hecho o circunstancia concreta, y siendo consciente del carácter de indefinibilidad de la conciencia per se, me voy a atrever a describir sinópticamente los tres grandes estadios de la conciencia de todo observador posible:

I.-Estado de Carencia de Conciencia: Aquella que no percibe los rasgos más característicos de la materia observada, actuando frente a la misma desde la indiferencia o la falta de respeto, con una nula o escasa capacidad cognitiva y de desarrollo de Inteligencia Emocional.

II.-Estado de Bajo Nivel de Conciencia: Aquella que aún percibiendo los rasgos más característicos de la materia observada no alcanza al conocimiento de su esencia, actuando frente a la misma desde una posición egoísta y etnocentrista, alejada de los valores universales que como principios de comportamiento humanista nos permiten realizarnos como personas, con una escasa o alta capacidad cognitiva y un nulo escaso desarrollo de Inteligencia Emocional.

III.-Estado de Alto Nivel de Conciencia: Aquella que percibe tanto los rasgos más característicos de la materia observada como el conocimiento de su esencia, actuando frente a la misma desde una posición de respeto y búsqueda del bien común, en sintonía con los valores universales que como principios de comportamiento humanista nos permiten realizarnos como personas, y con una alta capacidad cognitiva y de desarrollo de Inteligencia Emocional.

No cabe decir que los diferentes estadios de conciencia son íntimamente dependientes de una óptima gestión del conocimiento (recibido y autotrabajado), de las experiencias vitales de cada persona, y de la capacidad psicológica individual de síntesis de éstas últimas (conocimiento + experiencia). Tres factores claves del desarrollo de la conciencia personal que, al contar con el vector temporal, posibilitan que una misma persona en momentos diferentes de su vida pueda manifestar uno u otro estadio de conciencia. Es decir, que la conciencia no es un rasgo genético, sino una potencialidad del ser humano de relacionarse consigo mismo y frente al mundo que le rodea que puede desarrollarse a lo largo de la vida.

Por otro lado, y a la luz de lo expuesto, cabe apuntar que no hay mejor manera de conocer en qué estadio de conciencia se encuentra una persona que a través de sus actos en relación con una circunstancia o hecho objeto de observación y/o interacción. Y que debemos ser conscientes que la relación entre dos o más personas con estadios de conciencia diferentes solo puede llevar a la falta de entendimiento (y a la confrontación), pues donde uno percibe justicia, el otro percibe injusticia. Frente a diferentes tipos de conciencia, diferentes concepciones de Justicia. Y en un mundo donde la Justicia es ciega, mal nos pese, el rey es el tuerto (que en su picardía hace de la ley de todos las trampas para algunos).



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

domingo, 15 de abril de 2018

El Gat Turquesa (conte a quatre mans)


(Relat breu a quatre mans amb la meva filla Ariadna d'11 anys, fruit d'un joc que consistia a escriure una frase alternativa cadascú, reflex de la imaginació del moment, fins a crear una petita història d'una tirada)

N'era una vegada una ciutat amb arbres als carres dels que penjaven piruletes de tots els colors i sabors. Els cotxes eren núvols i les cases eren de xuxes. Cada una de les persones tenien un poder diferent. Entre totes elles, destacava una noia amb cabells blaus i pell molt blanquinosa, tant, que quan li tocava la llum del sol semblava un mirall il·luminat. Ella era especial perquè tenia més d'un poder, però ella no ho sabia.

Un dia el cel es va ennuvolar, i les piruletes que penjaven dels arbres van començar a palpitar com si fossin cucs de seda de colors, dels que varen sortir papallones de caramel. Tota la ciutat es va quedar al·lucinant perquè era la primera vegada que passava, i la noia va decidir atrapar una papallona i quedar-se-la com una mascota. Però de sobte, va veure que si tocava la papallona, ella mateixa es convertia en papallona. I és quan va esbrinar que tenia més d'un poder. Era un poder màgic que li venia per haver nascut sota els estels del firmament una nit on el cel no era negre, sinó de color turquesa. Un esdeveniment que només passava una vegada al llarg de milers d'anys.

La noia va anar tocant coses i s'anava convertir en aquelles coses que tocava. Aleshores se'n va enrecordar que sempre havia volgut ser un gat, per el que va sortir al carrer a buscar un gat al que tocar per poder convertir-se. Mentre el buscava va caure dins d'un forat, va obrir els ulls i no hi havia res al seu voltant. De sobte, des de darrere dels arbres va començar a sortir gent, que era gent que també tenia més d'un poder. Totes aquelles persones, d'una o una altra manera, van anar a parar a aquell forat del què s'amagaven de la resta de gent de la ciutat, ja que amb els seus poders diversos eren capaços de crear un món nou a la seva manera.

La noia, aleshores, va descobrir que només dient la paraula gat es convertia en un gat, i que no necessitava tocar-lo. Durant un temps es va quedar a viure al nou món que havia descobert al forat, però no amb de forma de noia, sinó amb forma de gat. Però no com un gat qualsevol, sinó que era un gat que podia volar i camuflar-se. El seu pel canviava de color depenent de com se sentia a cada moment de dia. I el cert és que vivia feliç, però trobava a faltar les olors dels carres de la seva ciutat amb els arbres de piruletes. Llavors, un dia va sortir del forat i es va trobar una nena petita acompanyada de la seva mare. I la nena petita va preguntar a la seva mare si se'l podien quedar, perquè la noia encara tenia forma de gat. La noia va intentar dir-los que no era un gat, sinó una noia, però com el cel ja no estava ennuvolat ja no tenia el poder de transformació, per el que només sortia miols de la seva boca. Però la nena continuava feliç, perquè sempre havia volgut ser un gat. Així que si alguna vegada veieu un gat pel carrer de color turquesa, que sapigueu que en veritat és una noia que va complir el seu sommi de viure com un gat. I conte contat, aquest conte ja ha miulat.


Ariadna Mármol Padró / Jesús A.Mármol
Tarragona, a vuit dies de la festivitat de Sant Jordi de 2018


Nota: Imatge de gat mandala acolorit per l'Ariadna