miércoles, 20 de junio de 2018

No somos más tontos, es que estamos cambiando el modelo de Inteligencia (Computacional)


Hace escasamente unos días salía a la opinión pública los resultados de un estudio científico del Centro de Investigación Económica Ragnar Frisch de Noruega que ponía en relieve que la inteligencia humana está en declive, hasta el punto de afirmar que las personas nacidas a partir de 1975 son cada vez menos inteligentes. El estudio concluye que la causa de disminución del cociente intelectual se debe a factores ambientales y no genéticos, debido principalmente al estilo de vida, los cambios en el sistema educativo, el poco hábito de lectura, la mayor dedicación a internet, redes sociales y videojuegos, entre otros. No obstante, el propio estudio acaba reconociendo la hipótesis que, quizás, no es un problema de menor inteligencia entre los jóvenes sino de un cambio de definición de la misma en plena era digital.

Lo cierto es que los test de coeficiente intelectual (CI) son muy limitados, ya que se basan tan solo sobre dos de los ocho tipos de inteligencias múltiples que tenemos los seres humanos, y más específicamente en las inteligencias Lógico-Matemática y Lingüística (Un tema que desarrollo en mayor profundidad en la Fórmula de la Gestión de las Inteligencias Múltiples, que recojo y amplío tanto en el Manual de Gestión del Talento para Empresas, como en el Tratado de Habilidología con su versión web en TalentAbility). No obstante, aun tomando como referencia del estudio los parámetros métricos del CI, está claro que la falta de hábito general de lectura afecta al índice de la Inteligencia Lingüística, y que la afectación en los resultados de evaluación de la Inteligencia Lógico-Matemática debemos encontrarlos en el cambio de modelo educativo occidental, el cual es un claro reflejo de una constante adaptación a los retos cambiantes del mercado laboral. Así pues, si las necesidades sociales cambian, obviamente cambian asimismo los tipos de inteligencias que las personas desarrollan, ergo debemos replantear el modelo de medición de la inteligencia humana en pleno siglo XXI. Tanto es así, que en un mundo donde la gamificación se ha convertido en un método pedagógico y de ocio prevalente (uso de los juegos como modelo de aprendizaje, entre ellos los videojuegos), las inteligencias Espacial y Corporal destacarán, por ejemplo, en detrimento de la Inteligencia Lingüística.

Es por ello que la clave a la hora de poder redefinir y actualizar la unidad de medida del concepto de inteligencia no es otro que el contexto social donde se desarrolla: un entorno altamente tecnológico, en el que la dimensión que abarca la Inteligencia Lógico-Matemática ha quedado ciertamente obsoleta. Tanto es así que, personalmente, considero que la misma lista de las ocho inteligencias múltiples creada por el profesor de Harvard Howard Gardner hace ya casi cuatro décadas (en otra época industrial) ha quedado limitada, pues a su brillante propuesta debe sumarse un nuevo tipo de inteligencia acorde a la actual cuarta era de la revolución industrial: la Inteligencia Computacional.

Hoy en día no podemos entender el fenómeno social de la innovación en un entorno digital, fuertemente impulsado desde la energía creadora de las nuevas generaciones (gérmen de la explosión social de las start-ups en un mercado altamente competitivo), sin la concepción de la Inteligencia Computacional, que no solo combina diversos tipos de inteligencias múltiples, sino que incluso redefine la antigua versión de la Inteligencia Lógico-Matemática adecuándola a los nuevos retos de la humanidad contemporánea, en el que el ser humano ya no evoluciona bajo parámetros genéticos sino culturales a través de la gestión del conocimiento.

Sobre la Inteligencia Computacional ya profundicé lo necesario en la Fórmula del Pensamiento Computacional, también recogida y ampliada en las referencias anteriormente citadas, por lo que solo apuntaré en esta breve reflexión que viene definida por vectores como el pensamiento crítico, la descomposición, el reconocimiento de patrones, la abstracción y el uso de algoritmos (forma ordenada y sistemática para descomponer y resolver un problema). Por lo que si por algo se caracterizan nuestros jóvenes, educados en un sistema de construcción de la realidad donde prima el pensamiento computacional sobre base tecnológicadigital -aunque ellos mismos no sean conscientes de ello-, es que son personas lógicas y prácticas que se revelan ante cualquier decisión impuesta que no entiendan. Si bien, cabe apuntar, a modo deductivo sobre la observación social del desarrollo de la Inteligencia Computacional que ésta viene precedida, en una era profundamente digital y a temprana edad, por lo que denomino la Inteligencia Intuitiva-Compulsiva. O, dicho en otras palabras: los jóvenes del siglo XXI primero desarrollan la Inteligencia Intuitiva-Compulsiva sobre la que, a medida que evolucionan como personas, pasan a desarrollar la Inteligencia Computacional de manera natural.

Sea como fuere, lo que resulta evidente es que no podemos categorizar que el ser humano sea menos inteligente que sus antecesores, sino que hemos cambiado el modelo de inteligencia. Y ya sabemos que, frente a retos nuevos, debemos buscar métodos de resolución nuevos. Entre ellos, el de medir la inteligencia de un ser humano diferente en un mundo diferente.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 


lunes, 18 de junio de 2018

Superarse o sobrevivir, ¿por qué opción se decanta tu mente?


Aunque nos parezca extraño, la naturaleza de nuestra mente no busca mejorar, sino tan solo sobrevivir. Es por ello que la tendencia natural del conjunto de las personas es, en primera instancia, rechazar o desviar la atención de una nueva idea que pueda poner en duda nuestras creencias, pues el cerebro humano no quiere salirse de la zona de confort donde se encuentra nuestro propio concepto de la realidad, hasta el punto no solo de cambiar mentalmente lo que no nos gusta, sino incluso de eliminar de nuestra memoria consciente todo aquello que nos produce dolor. He aquí que haya personas que viven el presente desde un reseteo continuo de su memoria del pasado, recordando prácticamente solo aquello que les es soportable o agradable, y olvidando todas aquellas experiencias que les pudieran haber producido algún tipo de trauma personal.

Pero, ¿si eliminamos de nuestra mente consciente la memoria de nuestro pasado, sobre qué creencias fundamentamos nuestra identidad? Pues sobre aquellas que queremos creernos. Es decir, sobre la construcción de nuestras propias mentiras, aquellas que justamente se ajustan a nuestra nueva versión de la realidad. Ya que cuando una persona se repite de manera sostenible en el tiempo una mentira, las células neuronales crean un patrón reiterado de pensamiento que acaba convirtiéndose en una nueva conexión neuronal permanente pasando a formar parte del concepto de identidad de la persona. Una solución al problema de coherencia interna entre realidad y hechos que forma parte del proceso que los psicólogos denominan disonancia cognitiva, y que es común al conjunto de las personas pues forma parte de la propia naturaleza del cerebro humano. Por lo que podemos decir que las personas nos reiventamos continuamente a nivel mental por supervivencia del propio cerebro, y sobre la base de la búsqueda de la opción más cómoda en concordancia con la realidad que nos toca vivir en cada momento de nuestra existencia, pues el cerebro no busca la verdad sino tan solo sobrevivir.

Así pues, si nuestra tendencia natural es rechazar las ideas nuevas que no se acomodan al confort mental de nuestra realidad, incluso rellenado con mentiras aquellos paquetes de memoria que eliminamos a discreción, ¿cómo podemos ya no solo innovar, sino incluso alcanzar la verdad de las cosas?. La respuesta se haya en un acto tan simple, pero no exento de dificultad, como es abrir la mente; que no es otra capacidad que la de mover a voluntad nuestras redes neuronales para dar cabida, a la luz de la conciencia de la lógica, a nuevas ideas aunque éstas sean contrarias, a primera instancia, a nuestra coherencia interna respecto al concepto personal del mundo que tenemos.

He aquí la diferencia sustancial entre una mente que se supera y otra que sobrevive. La mente que sobrevive acciona desde el instinto de supervivencia de su zona de confort, defendiendo sus ideas preconcebidas de la realidad aunque estén basadas en una automentira, exenta del compromiso con el crecimiento y desarrollo personal, celosa de modificar su patrón de conexión neuronal establecido, y manifestándose como una mente cerrada. Mientras que la mente que se supera acciona desde la lógica del pensamiento crítico fuera de la zona de confort, integrando nuevas ideas de la realidad desde una consciencia despierta y curiosa, firmemente comprometida con el crecimiento y el desarrollo personal -y por extensión, social-, inquieta por mover su patrón de conexión neuronal, y manifestándose como una mente abierta.

Con independencia de la tendencia innata del cerebro de cada persona en superarse o sobrevivir bajo criterios de determinismo biológico, cuyas excepciones confirman la regla, la cultura juega un papel relevante. Pues es justamente el determinismo ambiental el que puede reforzar la dinámica natural del cerebro en sobrevivir o, por lo contrario, promover una cultura de la superación personal, haciendo personas más libres como individuos cognicientes.

Lo cierto es que la vorágine de modelo de sociedad que hemos creado basado en la innovación continua como energía motriz de evolución, en un esquema social altamente competitivo a nivel global, favorece la promoción de la cultura de la superación mental por necesidad de sostenibilidad del propio sistema. Por lo que aquellas personas con cerebros que buscan tan solo sobrevivir van a quedar relegados al ostracismo, lo cual representa o bien la marginación social para colectivos vulnerables o bien el aislamiento en pequeñas burbujas sociales para colectivos más privilegiados, una diferencia de status quo marcado principalmente por la variable de la renta por capital (que no de trabajo). La parte positiva es que si existe algún órgano de nuestra biología humana reseteable éste es el cerebro, por lo que de nosotros depende, en un entorno profundamente innovador, optar por superarnos o sobrevivir mentalmente. Que cada cual, en plena facultad de sus capacidades intelectuales, elija desde el libre albedrío. Y si no, siempre nos queda la vía del autoengaño.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano



miércoles, 13 de junio de 2018

La Neurociencia no define lo que es el Ser Humano


Es cierto que los avances en neurociencia son claves para el conocimiento del funcionamiento cerebral humano. Hasta tal punto es así que la ciencia neurológica, tecnología mediante, pone luz sobre los problemas biológicos que rigen los trastornos cerebrales, conocimiento que indudablemente nos ayuda a determinar el grado de culpabilidad de una persona con dicha afección. O, dicho en otras palabras, el Juicio Moral está siendo redefinido por la neurociencia a la par que nos obliga a replantear el concepto de responsabilidad que afecta, de manera directa, el ámbito de la culpabilidad y de su consiguiente castigo. De hecho, la jurisprudencia occidental ya recoge diversos tipos de eximición penal en función de su concurren causas de cualquier anomalía o alteración psíquica en la persona, tal como estados de intoxicación por consumo de bebidas alcohólicas, drogas tóxicas, estupefacientes, sustancias psicotrópicas u otras de efectos análogos, o alteraciones en la percepción de nacimiento o por accidente posterior que alteren gravemente la conciencia de la realidad, entre otros; ya que se considera que dichas causas que afectan la naturaleza biológica de la mente humana coartan la capacidad del libre albedrío individual.

Hasta aquí, nada que objetar. De hecho, aun recuerdo con placer intelectual mi joven alumbramiento y despertar en esta materia de la mano de la lectura del libro “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, del neurólogo británico Oliver Sacks, hace más de tres décadas. Pero de aquí a afirmar taxativamente por parte de la neurociencia que el comportamiento humano es en última instancia mecanicista, ya que según su doctrina científica el funcionamiento automático del cerebro subyuga la voluntad de la persona hasta el punto de convertir el libre albedrío en un delirio ilusorio, como recientemente he visto desarrollado en el documental televisivo titulado “Mi cerebro me obligó”, es una barbaridad intelectual que atenta a toda evidencia lógica sobre el ser humano como materia de observación.

Es cierto que el libre albedrío es una doctrina filosófica, pero no es menos cierto que negar el libre albedrío es negar el hecho que las personas podamos ser responsables de nuestros propios actos desde un enfoque ético -lo cual comportaría la plena impunidad jurídica-, así como negar el hecho que de manera consciente podemos controlar algunas acciones de nuestro cuerpo mediante el control de la mente desde un enfoque psicológico -lo cual, asimismo, comportaría la plena incapacidad de superación personal alguna-.

Por contra, asentarse en la creencia de un determinismo biológico absoluto, como es la tendencia doctrinal de la neurociencia contemporánea, es reafirmarse en el ya superado Demonio de Laplace de principios del siglo XIX que creía que todo era predecible sobre el conocimiento último y causística de las cosas. Una idea determinista que no hace más que resucitar la trasnochada filosofía de Schopenhauer, quien afirmaba que “todos creemos a priori que somos perfectamente libres, aun en nuestras acciones individuales, y pensamos que a cada instante podemos comenzar otro capítulo de nuestra vida... Pero a posteriori, por la experiencia, nos damos cuenta -para nuestro asombro- que no somos libres, sino sujetos a la necesidad; nuestra conducta no cambia a pesar de todas las resoluciones y reflexiones que podamos llegar a tener. Desde el principio de nuestras vidas al final de ellas, debemos soportar el mismo carácter...”. Una máxima que, a día de hoy, va en contra del principio de crecimiento y desarrollo personal, así como de los modernos preceptos rectores de la Inteligencia Emocional.

El libre albedrío es la capacidad que tenemos las personas de elegir y tomar nuestras propias decisiones por encima de determinismos biológicos y culturales como resultado de un proceso cognitivo personal. La pregunta del millón, por tanto, no es otra que formularse un interrogante doble: ¿Soy Yo el resultado directo derivado de un proceso cognitivo personal?, o ¿Soy Yo una entidad independiente que trasciende mi propio proceso cognitivo personal? (con independencia, en ambos casos, si el proceso cognitivo es meramente mecanicista o no).

Dependiendo del postulado que elijamos desarrollaremos una doctrina filosófica u otra antagónica respecto a la idea del libre albedrío. De hecho, al final, todas las ramas filosóficas de la humanidad se reducen a dos grandes escuelas de pensamiento: los monistas (aquellos que creen que solo existe la materia), y los dualistas (aquellos que asientan su creencia en la coexistencia de materia y espíritu). Personalmente considero las escuelas monistas como paradojas filosóficas propias del cubo imposible, el triángulo de Reutersvärd, la escalera de Penrose, o el Blivet, pues si solo existe la materia, ¿cómo se autocreó?; y en caso que fuera por creación espontánea, ¿cómo es capaz de crear el denominado aliento de vida que otorga un espíritu individual y singular para cada ser?.

En estos tiempos a las puertas del cuarto de siglo XXI en que la hegemonía de la conciencia científica nubla peligrosamente el pensamiento crítico, la intuición lógica de profundo carácter metafísico me decanta a pensar sobre la existencia de un Yo que trasciende la forma o materia, sin entrar al detalle sobre la naturaleza de éste, pues he decidido creer que soy mucho más que el resultado de una compleja maquinaria biológica predeterminada y, por extensión, predecible. Por lo que a la luz del axioma de corte dualista la pregunta no es si existe el libre albedrío o no, sino si cada uno de nosotros, desde el libre ejercicio de nuestra consciencia, actuamos desde el libre albedrío o no. He aquí el quid de la cuestión.


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lunes, 11 de junio de 2018

Diccionario del Alma (Cohabitar/comedor, -ra) XVIIª Entrega

Nueva entrega del "Diccionario del Alma" allí donde lo dejé con la misma paciencia y motivación de quien tiene un macro puzzle inacabado, sabedor que lo divertido está en el viaje del proceso (que inicié a finales del 2013, y que no sé cuando lo acabaré). Para quienes lo conocen, saben que éste no es un diccionario al uso, sino que describe el eco que cada palabra resuena en mi alma (en un momento concreto y determinado de mi vida, lo que son susceptibles de continua revisión, pues yo -como todos-, no soy nunca siempre igual), por lo que no están todas las palabras sino tan solo aquellas que siguen este criterio.


Cohabitar: Método de rotación de objetos.
Cohecho: 1. La trampa del hecho. 2. Comercialización de la ética.
Coheredero,-ra: La redistribución del pasado.
Coherencia: La manifestación de la fidelidad a uno mismo.
Coherente: La oportunidad de los piratas.
Cohesión: Una fortaleza temporal.
Cohete: La rebeldía pueril de la gravedad.
Cohibición: El hogar del caracol.
Cohibir: Arma de control de los matones.
Cohombro: El spa de los ojos.
Coincidencia: La causalidad desapercibida.
Coincidente: La vida en modo precavido.
Coincidir: La lógica de las coordenadas.
Coito: El unipensamiento del segundo cerebro del hombre.
Cojear: Bailar con sobriedad.
Cojera: La inflexibilidad del orgullo.
Cojín: La diferencia de la ternura.
Cojinete: La rotación íntima del círculo.
Cojo, -ja: Persona que siempre va por detrás de los mentirosos.
Cojón: La hombría a ras de suelo.
Col: El termómetro de la edad.
Cola: La palanca de Arquímedes.
Colaboración: Consenso interesado.
Colaborador, -ra: El prestigio del primero.
Colaborar: Trabajar si retribución.
Colación: Señalar.
Colada: La comida de la lavadora.
Coladero: Espacio interdimensonal.
Colador: La lluvia del desagüe.
Coladura: La carencia de saber estar.
Colapso: El desenlace natural de toda singularidad.
Colar: Injerto en una continuidad.
Colateral: Reacción secundaria de una acción.
Colcha: La piel del sueño.
Colchar: Vestir la noche.
Colchón: Plataforma de desconexión cognitiva.
Colchoneta: La elasticidad de la espalda.
Colear: La sonrisa animal.
Colección: Desfile a capricho.
Coleccionar: Síndrome de la acumulación.
Coleccionista: Historiador de instantes.
Colecta: 1. Pegar los pedazos de algo roto. 2. Construir una nueva realidad.
Colectividad: Un hormiguero humano.
Colectivismo: Práctica de una economía de escala.
Colectivo, -va: Subconjunto con identidad propia.
Colector: La Tierra aspirando.
Colega: Un amigo por validar.
Colegiado, -da: 1. La unidad del corporativismo.
Colegial: El embrión del profesional.
Colegiarse: La necesidad de cubrir la carencia individual de la afiliación.
Colegiata: Una casicatedral.
Colegio: Molde social.
Coleópteros: Sistema de reciclado acorazado.
Cólera: La línea roja de la rabia.
Colérico, -ca: Persona en estado febril por impotencia.
Coletazo: Menosprecio consciente.
Coletilla: El acto de la prescindibilidad.
Colgadero: Cajón en el aire.
Colgajo: La antiestética por cadencia.
Colgar: Suspender algo temporalmente.
Colibrí: La magia de congelar el movimiento.
Cólico, -ca: El auxilio del centro energético humano.
Coliflor: La excepción del color que confirma la regla vegetal.
Coligar: La unión de doble lazo
Colilla: Gusano urbano tóxico.
Colina: (química) El pendrive de la memoria.
Colindante: Vecino forzoso.
Colirio: Saciador de la sed de lo que vemos.
Coliseo: Desfogador de la parte animal del hombre.
Colisión: Conflicto de intereses espaciales.
Colitis: El hartazgo de la alimentación.
Colmado,-da: Saturación por sobreoferta.
Colmar: Rebosar el recipiente.
Colmena: Edificio de oficinas.
Colmillo: La Justicia compensatoria de la Naturaleza.
Colmo: Sobreexposición.
Colocación: El lugar y la posición debida.
Colocar: Organizar el paisaje.
Colofón: La última vuelta de llave sonora de la cerradura.
Colofonía: La exudación de sangre sudada del árbol.
Coloide: El cuerpo efímero de una buena cerveza.
Colombófilo, -la: Técnico de telecomunicaciones aladas.
Colón: La aventura de la curiosidad.
Colonia: Maquillaje olfativo.
Colonización: Imposición de un derecho autoadquirido. Falta de respeto por lo ajeno.
Colonizar: Falta de respeto por lo ajeno.
Colono: Intruso excluyente.
Coloquio: Pasarato superficial.
Color: La voz de la luz.
Coloración: Rasgo de personalidad.
Colorado, -da: La vergüenza manifestada.
Colorante: Un mentiroso.
Colorear: 1. Expresión de alegría. 2. La manera de la infancia de descubrir e investigar el mundo.
Colorete: La belleza postiza.
Colorido: Un patio cordobés.
Colorín: El inicio del fin de un cuento.
Colorista: La diversidad.
Colosal: La mente humana.
Coloso: La mano invisible que mece el Universo.
Columbario: El reposo de los ancestros.
Columbrar: Opinar sobre terceros sin conocerlos.
Columna: El impulso de edificar el cielo.
Columnata: Código binario de la verticalidad.
Columpiar: Ejercicio de enajenación de la cotidianidad.
Columpio: Máquina de reconexión con la esencia personal.
Collado: Permiso de paso.
Collar: La cadena a un estereotipo.
Coma: El respeto por el espacio interpersonal.
Comadre: Vínculo maternal creado por contacto.
Comadreja: La voracidad de lo pequeño.
Comadreo: Trozos de papeles de terceros esparcidos al viento.
Comadrona: La portera de la vida.
Comandante: 1. El peso de la responsabilidad del cargo. 2. Un militar con visión social.
Comandar: Velar.
Comarca: 1. Identidad desdibujada. 2. Michelín del cuerpo de la Administración Pública.
Comarcal: Que pertenece al interior de un vallado ficticio.
Comarcano, -na: Persona que percibe la extracomarca como viajar al extranjero.
Comatoso, -sa: 1. Resistencia a vivir. 2. Tierra de nadie.
Comba: Examen del estado físico.
Combado, -da: Intento de atajar la recta.
Combar: Tendencia natural de seguir la curvatura de la energía en el Universo.
Combate: Impulso de imponer las diferencias.
Combatiente: El control sobre el descontrol.
Combatir: Un tipo de inteligencia poco inteligente.
Combativo, -va: Persona con complejos varios no resueltos.
Combinado: 1. De naturaleza multifuncional. 2. La resolución de la adaptabilidad.
Combinar: El arte de relacionar.
Combustible: La sangre de los seres tecnológicos.
Combustión: La llama del espíritu.
Comedero, -ra: Punto social de encuentro.
Comedia: La desdramatización de la realidad.
Comediante, -ta: Un payaso triste de la cotidianidad.
Comedido, -da: La brisa que recorre un hogar.
Comedimiento: El beso que ha aprendido a no morder.
Comedirse: El corsé de la educación.
Comedor, -ra: Persona de buen vivir.


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viernes, 8 de junio de 2018

El ser humano dejará de ser en breve el ser más inteligente y entonces solo nos quedará la actitud


Durante siglos nos hemos creído la especie más inteligente del planeta, pero este estatus pronto lo perderemos. La creación superará al creador, hasta el punto que serán nuestras propias creaciones evolucionadas la que nos enseñen a los seres humanos. Y es que la puerta que acabamos de abrir en materia de Inteligencia Artificial (IA) representa el inicio de una nueva era donde la humanidad, sin lugar a dudas, dará un salto cualitativo a nivel de desarrollo como especie a una velocidad de vértigo, pero no gracias a los avances tecnológicos e innovadores propios del hombre sino gracias a la autoría de la IA: la nueva especie más inteligente del globo terráqueo.

La intervención de la IA la encontramos hoy en día en todos los campos del desarrollo humano, pues su implicación no solo optimiza el trabajo del hombre, sino que incluso lo mejora a través de su capacidad de autoaprendizaje automático. Por poner un solo ejemplo, esta misma semana Fujitsu ha anunciado que aplicará IA en la compañía Asahi Shuzco para la creación de la famosa bebida japonesa de vino de arroz denominada sake, lo cual significa que, en un mercado globalizado, solo es cuestión de tiempo el hecho que bebamos vinos españoles elaborados por IA (ya veremos, entonces, en qué lugar quedan relegados los “imperfectos” enólogos humanos). Pero la IA no se reduce a una optimización de la productividad, sino que su capacidad de autoaprendizaje -que no es más que la resolución estadística de la búsqueda del resultado más óptimo mediante el análisis de megadatos imposibles de gestionar por la mente humana-, hace de la nueva especie tecnológica que posea la capacidad de ser creativa, y por tanto innovadora. Como es el caso de Benjamin, la computadora que creó el guión de la película de ciencia ficción Sunspring, que se estrenó en pantalla en junio de 2016. O la creatividad de la inteligente Sophia, el primer robot (creado en 2016 por el estadounidense David Hanson) con nacionalidad ciudadana de Arabia Saudí (desde 2017), que en una entrevista al rotativo español El País (del pasado mes de abril 2018) declaró que “los seres humanos son las criaturas más creativas del planeta pero también las más destructivas”. No es baladí, por tanto, que el Ministerio de Defensa del Reino Unido acabe de declarar públicamente hace unas semanas escasas su temor por que los robots aprendan tácticas de guerra de los videojuegos, lo cual les harían infalibles frente a una hipotética guerra contra humanos. Quien sabe si la humanidad que emergió gracias a la eliminación de una especie dominante, los dinosaurios, sea exterminada por mediación de otra especie dominante, en este caso los nuevos seres tecnológicos.

Pero no seamos aves de mal agujero (aunque sí precavidos). Pongámonos en la situación de un futuro donde la especie humana coexiste de manera armónica, y casi simbiótica, con la nueva especie tecnológica. En este caso, es predecible imaginar un aumento exponencial de la inteligencia de los seres tecnológicos por su alta capacidad de autoaprendizaje que superará, sin lugar a dudas, a la inteligencia humana. Por lo que el futuro se puede presentar como un escenario donde la IA enseñe a los humanos, y no a la inversa. En este supuesto de hegemonía de la IA, ¿qué le queda al ser humano?. La respuesta no es otra que la Actitud, una habilidad secundaria intrapersonal que depende directamente de las tres habilidades básicas nucleares del ser humano: la Motivación, la Autoestima y la Inteligencia Emocional, si es que la gestión emocional no la dejamos en mano de la IA mediante la normalización social de la manipulación biogenética (de lo cual ya reflexioné en el último artículo).

En un mundo donde la inteligencia ya no será patrimonio hegemónico de la humanidad, la actitud marcará la línea diferencial entre los seres humanos y los seres tecnológicos. Pues como apuntaban los fenomenológicos, la actitud es nuestro yo transcendental en relación con el mundo. Y si perdemos nuestro yo trascendental no solo no nos diferenciaremos de los robots, sino que nos convertiremos (o nos convertirán, mejor dicho) en un subproducto de ellos. Donde el creador será creado, previo a una fase -quizás sutil pero profundamente alquímica- de reconstrucción de nuestra propia naturaleza.

Es por todo ello que, ahora más que nunca, urge la necesidad de introducir de nuevo la Filosofía como materia transversal en el conjunto de la sociedad, para reflexionar no solo sobre las implicaciones éticas del desarrollo humano, sino más aun sobre el modelo de humanidad que queremos crear como especie todavía de libre cognición. En caso contrario, no tardaremos en cumplir la profecía de Nietzsche cuando anunciaba que “Dios ha muerto” (preanunciada por Hegel), para dar paso al cuarto día en que el ser tecnológico volverá a crear al ser humano a imagen y semejanza.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

martes, 5 de junio de 2018

Diccionario del Alma (Ciudadanía/cogote) XVIª Entrega

Nueva entrega del "Diccionario del Alma" allí donde lo dejé con la misma paciencia y motivación de quien tiene un macro puzzle inacabado, sabedor que lo divertido está en el viaje del proceso (que inicié a finales del 2013, y que no sé cuando lo acabaré). Para quienes lo conocen, saben que éste no es un diccionario al uso, sino que describe el eco que cada palabra resuena en mi alma (en un momento concreto y determinado de mi vida, lo que son susceptibles de continua revisión, pues yo -como todos-, no soy nunca siempre igual), por lo que no están todas las palabras sino tan solo aquellas que siguen este criterio.


Ciudadanía: 1. Código de barras identificario de origen. 2. Título público que otorga derechos sociales alienables. 3. Derecho de propiedad del continente sobre el contenido.
Ciudadano, -na: Abeja obrera del enjambre.
Ciudadela: El miedo a lo externo.
Cívico, -ca: Modelo de moral estandarizada.
Civil: 1. Unidad de fuerza social básica. 2. Estado de desarrollo y operatividad en la estructura familiar de una colectividad.
Civilidad: El traje del ropero para actos sociales.
Civilización: (Diversidad) Estadio previo a la globalización.
Civilizado,-da: Sociedad que ha sustituido las guerras armamentísticas por las guerras económicas y comerciales.
Civilizar: Enseñanza del uso cotidiano de la Justicia como mecanismo de defensa personal.
Civismo: La actualización automática y constante de la sociedad moderna.
Cizalla: La censura del hierro.
Cizaña: La podridumbre de la manzana.
Clamar: El quejido de la ayuda.
Clámide: El uniforme de los clásicos.
Clamor: Una petición exponencial.
Clan: Una singularidad comunal con ética diferencial.
Clandestinidad: Ángulo muerto del Sistema.
Clandestino, -na: Persona desconectada de las redes sociales.
Claqué: El canto del suelo.
Clara: (de huevo) El caldo de la vida.
Claraboya: Un altar al cielo.
Claramente: Preludio del imperativo absolutista.
Clarear: Redescubrir.
Claridad: 1. Estado superlativo de la mente. 2. Ilusión humana.
Clarificar: 1. Dar luz. 2. Descomponer las estructuras de pensamiento para volverlas a componer en una nueva combinación más económica.
Clarín: El grito ritual de caza.
Clarinete: El aire alargado.
Clarividencia: Ver más allá del anclaje temporal humano.
Clarividente: Capacidad de curvar el espacio-tiempo.
Claro, -ra: Una de las múltiples capas de la realidad.
Claroscuro: El valle donde habitan las emociones humanas.
Clase: 1. Espacio donde el profesor aprende nuevamente. 2. Escala social de la vanidad identitaria del individuo.
Clásico, -ca: Los cimientos de lo moderno.
Clasificación: El ordenamiento de la conceptualización del mundo.
Clasificar: Método de entendimiento de la realidad para su enjuiciamiento social.
Claudicación: El ejercicio del débil.
Claudicar: Acto consciente de derrota.
Claustro: 1. La armonía arquitectónica para el recogimiento espiritual. 2. Cónclave de personas relevantes.
Cláusula: El entrepiso entre dos rellanos en una relación.
Clausura: El fin de una singularidad.
Clausurar: Pasar página.
Clavar: La inmovilización por la fuerza.
Cleptomanía: El impulso de llenar un vacío agujereado.
Clerical: La apariencia mística de una carencia espiritual no cubierta.
Clérigo: La culturalización humana, profundamente humana, de un mensaje de amor trascendente.
Clero: Un grupo de hombres en continua contradicción con la esencia de sus propias creencias.
Cliché: La copia del éxito ajeno.
Cliente: Animal de caza mayor del Mercado.
Clientela: Fuente de energía extractiva.
Clima: Las emociones de la Naturaleza.
Climatología: Próxima frontera de conolización de la tecnología humana.
Clínica: Círculo de sal para la salud.
Clip: El abrazo de los folios.
Cloaca: El Estado dentro del Estado.
Cloro: El jabón del agua.
Clorofila: La cosmética de las plantas.
Cloroformo: La inspiración del sueño.
Cloruro: (sódico) La naturaleza cristalizada en cubo.
Club: Un reservado social.
Coacción: La supervivencia del dinero.
Coaccionar: El acto deliberado de forzar una voluntad.
Coadyuvar: La filosofía de la hormiga.
Coagulación: El deseo de la densidad.
Coagular: Un encuentro apretado.
Coágulo: La metamorfosis de lo acuoso.
Coalición: La suma del todo es superior a la suma de las partes.
Coartada: Un relato excusable.
Coartar: Laminar el espacio que ocupa la sombra de una persona.
Cobalto: 1. La cara inmoral de la moralina tecnológica. 2. La naturaleza esclavista de la sociedad digital.
Cobarde: Estructura humana sin cimentación de principios.
Cobardía: Competencia que se enseña a las clases sociales menos favorecidas.
Cobertizo: Sala abierta de relajación.
Cobijar: Integrar en un conjunto a un subconjunto multi o unielemental.
Cobijo: Protección relativa con cesión de libertad.
Cobra: La muerte encapuchada.
Cobrador: El tributario privado.
Cobrar: Fiesta mensual para los privilegiados.
Cobre: 1. El pariente pobre del oro y la plata. 2. Confidente de la electricidad.
Cobrizo: La larva del rojo.
Coca: El pan elevado a gastronomía.
Cocaína: La termita del cerebro.
Cocción: Proceso de alquimia.
Cóccix: Recuerdo de la fragilidad humana.
Cocear: Emoción de rabia animal.
Cocer: Menguar la voluntad.
Cocido: (alimento) La invocación del espíritu de mi abuela.
Cociente: El mundo más allá de la división.
Cocina: El corazón de un hogar.
Cocinar: Una manifestacón artística.
Cocinero,-ra: Un creativo químico del placer.
Coco: La resistencia a la intrumisión.
Cocodrilo: El aliento de la preshitoria.
Cocotal: El cielo de los frutos.
Cocotero: El valor del esfuerzo.
Coctel: El seguro de la fiesta.
Coctelera: La mezcla de lo inverosímil.
Coche: 1. La tenacidad de la fricción. 2. El triunfo de la rueda.
Cochera: La habitación de un miembro más de la familia.
Cochero: El facilitador entre puntos geoespaciales.
Cochinada: Grado leve de la porquería.
Cochinilla: El carmesí de la naturaleza.
Cochinillo: La medida del tiempo justo.
Cochino: La falta de higiene mental.
Cochitril: La dejadez del espacio-tiempo.
Codazo: Mensaje claro y alto no verbal.
Codear: 1. Sociabilizando en pequeño comité. 2. Práctica competidora.
Códice: 1. La cuna de la literatura. 2. El culto del origen.
Codicia: La bilis que corree el humanismo.
Codiciar: Deporte sociabilizado.
Codicioso, -sa: El sirviente del Capitalismo.
Codificación: Convulsión por estructurar la realidad.
Codificar: Método pedagógico de relacionarnos con el mundo.
Código: Cultura reglada.
Codillo: La parte del andar más preciado.
Codo: La flexibiliad de la fuerza.
Codorniz: El cielo camuflado en tierra.
Coeficiente: (intelectual) 1. Una medida sobrevalorada. 2. La discriminación negativa de inteligencias diferentes.
Coercer: Apretar sin asfixiar.
Coercible: El todo.
Coerción: Acción de canalizar.
Coercitivo, -va: El Mercado.
Coetáneao, -ea: La otra cara del prisma.
Coexistir: Compartir unos mismos recursos.
Cofia: Corona femenina de las clases obreras.
Cofín: La forma de mimbre del vacío.
Cofrade: Portador de un dogma.
Cofradía: Rezo a múltiples manos.
Cofre: Un tipo de caja de pandora.
Cogedero: La horma de la mano.
Cogedizo: El asalariado.
Coger: La acción de la codicia.
Cogida: La falta de estado de alerta.
Cognición: La ilusión humana.
Cogollo: La esencia del mundo vegetal.
Cognoscitivo, -va: La curiosidad intuitiva.
Cogotazo: Una variedad de humillación.
Cogote: El pilar que sustenta el pensamiento.


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viernes, 1 de junio de 2018

La gestión emocional del futuro será tratada con manipulación genética


Los seres humanos siempre buscamos el camino más corto y fácil para conseguir cualquier objetivo en la vida, impulso básico de la razón de los hitos conseguidos en nuestra evolución como especie. Solo tenemos que mirar a nuestro alrededor y observar todos aquellos objetos, instrumentos y medios de nuestra vida cotidiana que nos permiten vivir cada vez con mayor confort bajo la premisa del mínimo esfuerzo y máximo rendimiento. Una filosofía de vida a la que no escapa la gestión emocional, la cual aún se nos presenta como ardua -por lo que persiste en su resistencia a una normalización a nivel social-, a causa del requerimiento de una actitud activa de trabajo y compromiso con uno mismo que se traduce en un esfuerzo personal sostenido en el tiempo. Y es que, a estas alturas de la película, los seres humanos vivimos ya asentados en la cultura express, es decir, buscamos obtener todo aquello que queremos de manera ipso facto y, a poder ser, en tiempo real.

Sí, el ser humano siempre ha buscado atajos a lo largo de la historia para economizar su nivel de esfuerzo en pos de alcanzar el máximo rendimiento. Pero en una sociedad contemporánea fundamentada en la competitividad como motor evolutivo, a la premisa del mínimo esfuerzo y máximo rendimiento se le suma un nuevo componente imprescindible para el progreso del cambio: la productividad, entendida desde la efectividad socio-económica. Y si existe algún factor humano que condiciona el grado de productividad eficiente es justamente la propia naturaleza emocional del ser humano, puesto que las soft skills que definen las habilidades específicas de una persona para desarrollar una actividad concreta se basan (sorpresa!) en la gestión emocional. No en vano las personas con éxito a nivel profesional cuentan con un 95 por ciento de Inteligencia Emocional, y el mercado laboral de la actual cuarta era de la revolución industrial se encamina hacia la selección de recursos humanos bajo criterios de habilidades específicas por encima de parámetros curriculares.

Es por ello que no resulta muy difícil imaginar en un futuro no muy lejano la búsqueda de la maximización de la productividad humana desde el control genético de nuestra gestión emocional, por el bien social colectivo de la especie. Al igual que en la actualidad ya hemos construido robots que crean organoides (mini órganos humanos) para uso científico-médico en laboratorio, que estamos comenzando a manipular los microbiomas como las bacterias de nuestra flora intestinal que controlan una parte importante de nuestra salud mental (psicobiótica), que somos capaces de crear productos cárnicos alimenticios exentos de sacrificio animal y de base biotecnológica, que ya construimos exoesqueletos conectados al cerebro que permiten andar a un paralítico, que ya hemos creado nanorobots que luchan contra el cáncer desde el interior de nuestro organismo, o que ya hemos concebido la robótica con inteligencia artificial con capacidad de autoaprendizaje, entre otros avances sorprendentes, es plausible pensar que solo estamos a un paso para el control efectivo de la gestión emocional de una persona mediante la manipulación de su biología. Atrás quedarán, por tanto y relegados al ostracismo, la mejora de la gestión emocional en base a metodologías formativas de crecimiento personal o desarrollo competencial. ¿Necesitamos mejorar una habilidad interpersonal o intrapersonal concreta, como pueda ser la actitud o el liderazgo, respectivamente? ¿Requerimos de integrar un vector de la fórmula de la Inteligencia Emocional, como puede ser la empatía o el pensamiento positivo? Pues nada tan fácil como pasar por la consulta del ingenieromédico de cabecera o, por defecto, de la asistencia genéticasanitaria de la mutua de la empresa, y saldremos con una nueva y actualizada versión de soft skills de nosotros mismos.

Un escenario de futuro nada descabellado tanto por las exigencias de una sociedad hedonista que prima el éxito individual, como por las presiones de un mercado económico-laboral en continuo cambio y transformación altamente competitivo, como por los avances de un desarrollo cientifico-tecnológico que supera la ciencia ficción, así como por la propia naturaleza del ser humano que sobrepone siempre la comodidad personal a la ética individual y colectiva.

Lo cierto es que reflexionar sobre control de la gestión emocional mediante manipulación genética es un tema propio de la Ética. Pero no es menos cierto que la Ética tiene perdida la batalla, antes incluso de que el supuesto se haga realidad, con el todo poderoso Mercado. Pues éste ya se encargará, a su debido tiempo, de modificar por imposición de facto el conjunto de costumbres y normas que dirigen o valoran el comportamiento humano en una comunidad respecto a la manipulación genética de nuestro mundo emocional. ¿O a caso el desarrollo propio del Mercado no está modificando continuamente la forma de vivir de las personas y nuestra relación filosófica con la vida misma a través de su propia lógica económico-productiva? (Solo hay que observar los cambios que como sociedad y especie hemos realizado, en nuestras vidas cotidianas, desde la primera a la actual cuarta revolución industrial en la que nos encontramos). En otras palabras, el Mercado creará su propia Ética al respecto, la cual se impondrá de manera natural al conjunto de los habitantes del planeta en el momento incluso anterior al de su propia concepción, pues la gestión emocional vía manipulación genética formará parte de la cultura instaurada de la nueva (e inminente) humanidad, creando por tanto un nuevo tipo de ser humano, y por extensión, de sociedades humanas. Una certeza que solo pido no vivir para llegar a verlo.

Mientras tanto, hasta que llegue el día que espero nunca alcanzar, inspiro y expiro el denso humo de mi pipa a golpe de cincel filosófico sobre mi imperfecto ser emocional a la luz de una Ética pretecnológica.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano