martes, 17 de septiembre de 2019

Más humildad socrática y menos sinceridad diplomática


Vivimos en una sociedad en la que la sinceridad stricto sensu, considerada como un comportamiento carente de fingimiento de lo que un observador siente y piensa en verdad frente a una circunstancia, hecho u objeto observado, se considera una actitud social políticamente incorrecta. En su lugar, la moralina social contemporánea -entendida como falsa moral kantiana- solo acepta la denominada sinceridad diplomática, que no es más que engañar al prójimo de lo que uno piensa y siente ciertamente con el objetivo de cumplir con los cánones de buena convivencia aceptados socialmente por una comunidad cada vez más artificial por virtual y por ende profundamente superficial.

Asimismo, es curioso observar cómo la sinceridad diplomática está íntimamente ligada a un valor moral de marcada influencia judeocristiana: la humildad, entendida no como sumisión sino como ausencia de soberbia, es decir, como cohibición del trato de superioridad frente a terceros (Ver: Las dos caras de la Soberbia: vicio y virtud a elegir). No obstante, el concepto contemporáneo de humildad no siempre ha sido el mismo a lo largo de la historia de la humanidad, pues más allá de la carga conductual heredada a partir de la Edad Media, el viejo filósofo Sócrates en la Antigua Grecia consideraba la humildad como el derecho conductual propio de todo ser humano de reconocer públicamente su valía y a no rebajarse, humillarse, o desvalorizarse. Un comportamiento individual y social que se conoce como humildad socrática, y que trasladado a los parámetros contextuales de nuestra era podemos definirlo sin ruborizarnos como soberbia positiva, pues permite al hombre mostrarse fiel consigo mismo y respecto al resto del mundo sin perder el respeto por los demás. Una actitud propia de espíritus maduros psicoemocionalmente que personalmente me gusta denominar Autoridad Interna (Ver: Conoce la fórmula de la Autoridad Interna).

Así pues, la humildad socrática tiene su equivalencia en nuestro tiempo a la soberbia positiva, la cual -tal y como la definía Nietzsche, el mal denominado filósofo soberbio por excelencia- conduce a la honestidad absoluta con uno mismo, siendo una virtud elevada propio de hombres que se han superado a sí mismos. Por lo que, como podemos entender visto lo expuesto, en el espacio de la humildad socrática no tiene cabida la sinceridad diplomática, pues ésta es engañosa por esencia tanto para propios como para extraños.

Es por ello que siendo la sinceridad diplomática la norma conductual de nuestra época, resulta caricaturesco presenciar en nuestra sociedad personas que más que pedir exigen sinceridad de opinión frente a una hecho, circunstancia u objeto, cuando lo que realmente esperan es una reacción de sinceridad diplomática para retroalimentar su propio autoengaño sobre un imaginario particular. En caso contrario, si a dichos individuos se les enfrenta a la humildad socrática, el resultado es una catarsis personal transitoria derivada de un bajo nivel de autoestima (buscan la continua aprobación del entorno, a expensas de su propia personalidad singular, si es que saben cuál es) y de una carencia en materia de gestión emocional, principalmente respecto a la frustración ante unas falsas expectativas creadas, que puede abocar a la rotura de las relaciones interpersonales.

No obstante, cabe apuntar que cada cual tiene el derecho de nacimiento de creer en lo que haya decidido creer. Solo faltaría. Ya que nadie puede vivir la vida por nadie. Aunque ello no exime, por alusión directa al Principio de Realidad, de la nocividad social que representa el hecho no solo de normalizar la sinceridad diplomática, sino incluso de elevarla a categoría de valor moral positivo socialmente aceptada.

Construir una sociedad desde la normalización de la sinceridad diplomática es crear una sociedad superficial basada en el autoengaño a nivel colectivo, así como promover el desarrollo de personalidades de mantequilla (por inconsistentes e inmaduras psicoemocionalmente) a nivel individual. Aunque, visto por otro lado, no hay mejor sociedad maleable para los hombres que son lobos para los propios hombres -rememorando a Hobbes-, que aquella fundamentada en la sinceridad diplomática.

Para la buena salud de todos, más humildad socrática y menos sinceridad diplomática, por favor.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

viernes, 13 de septiembre de 2019

Homo Gallinaceo: superficialidad, ruido y desorden en nuestra sociedad


Hace tiempo que me di cuenta que estamos envueltos en tertulias de gallinas de las que resulta difícil escapar. Pero no en el sentido de gallinas como sinónimo de personas miedosas, sino en el sentido adjetival más estrictamente calificativo de la hembra de la especie gallus gallus domesticus que no deja de cacarear ni bajo el agua. De lo que deduje, para enriquecimiento de mi particular Bestiario Urbano, que dentro de la familia humana existe una subespecie ampliamente expandida a la que denomino Homo Gallinaceo.

Las características que definen al Homo Gallinaceo sobre el resto de miembros de los homo sapiens son básicamente las que siguen:

-Les gusta cacarear de todo y de nada en particular, entendiendo cacarear como la acción verbal de parlotear picando temas de conversación de aquí y de allí sin orden ni control.

-En su cacarear prima sobremaneramente el gusto por los temas superficiales, recreándose en tertulias vacuas por insustanciales que pueden acabar en verborreas yermas compartidas.

-Los cacareos se suelen caracterizar como monólogos, en los que cada miembro parlotea para sí mismo sin el menor interés de coparticipar, y menos empatizar, de los parloteos de terceros.

-El discurso del cacareo no se impone sobre el resto por méritos argumentales, sino por capacidad de vocerío y de agilidad de intervención (que ciertamente es todo un arte agotador), generando una sinfonía grupal cacofónica.

-Y, por último, les desagrada compartir su espacio y su tiempo con otros congéneres de la familia humana que no se ajusten a su perfil insulso por carente de interés.

De Homo Gallinaceo podemos encontrar en todos los estratos sociales, así como de manera transversal en el conjunto de las comunidades humanas. Tanto es así que se pueden identificar genéricamente y sin mayor dificultad en los entornos familiares, en los entornos de conocidos sociales, en los entornos laborales y, con especial relevancia por su placer a la exposición pública (no olvidemos que viven por y para enseñar sus plumajes), en los diversos programas televisivos de ocio y entretenimiento y, asimismo, en el conjunto de la vida política (para intranquilidad del resto de ciudadanos).

Por otro lado, cabe destacar que la naturaleza por antonomasia del Homo Gallinaceo como animal social es el ruido y el desorden, por lo que no se puede esperar de ésta subespecie humana ni que profundice sobre un tema concreto en búsqueda de su posible origen causal para poder dilucidar una acción lógica frente al mismo, ni que por tanto se comporte de manera resolutiva respecto a un problema común, y ni mucho menos que actúe de manera conjunta y ordenadamente coherente para beneficio colectivo. Además, como se trata de animales con poca agudeza sociovisual y de respuesta inmediata a los estímulos externos que perciben, sus acciones siempre son a corto -por no decir inmediato- plazo, lo cual los imposibilita para planificar estrategias de actuación grupal en un período de tiempo largo.

Sí, podemos afirmar, con tan solo observar a nuestro alrededor, que el Homo Gallinaceo se ha convertido en la subespecie prevaleciente de la familia del homo sapiens contemporáneo (aunque de sabios tenemos poco). Por lo que de la sociedad de esta era tan solo podemos esperar superficialidad, ruido y desorden. Aunque, rompiendo una lanza a favor de mis detractores, ciertamente ¿qué se yo?, pues en verdad sólo sé que sé menos que Sócrates.



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miércoles, 11 de septiembre de 2019

La Recesión, propia de una naturaleza incapaz, accidental y obsoleta

Alemania entra en recesión. Imagen de Angela Merkel 

En una sociedad de libre mercado como la occidental estamos muy habituados al concepto de recesión en términos económicos, un vocablo que conlleva asociado la idea de miedo social, ya que a nadie se le escapa -desde la Gran Depresión de 1929, y recientemente desde el 2007- que recesión equivale a empobrecimiento social (caída en cascada de la inversión, de los productos de bienes y servicios, del empleo, del consumo y, por extensión, del producto interior bruto y de las rentas por cápita). Pero, efectos a parte, y sin entrar en las causas de índole económico (sobreproducción, disminución de la demanda, sobrepoblación, etc), ¿qué es una recesión?.

Podemos afirmar que una recesión es la acción de retroceder, o como diría Newton con su tercera ley del movimiento en la física clásica, una recesión es el efecto resultante de una fuerza de mayor magnitud y de dirección opuesta entre una reacción respecto a su acción. Es decir, la recesión es de facto una acción irrealizada y, por tanto, carente de sustancia cartesiana. Ergo, si la recesión es una acción insustancial ello significa que se trata de un acto accidental derivado de una acción en potencia inacabada por irresoluble.

Así pues, si la recesión es una acción en potencia inacabada representa que ésta se sitúa en un lugar indeterminado entre la proyección de un acto y su plena realización como acción. Pero como nos situamos frente a un concepto en movimiento, éste cuenta dentro de su accidente con dos vectores determinados: tiempo y dirección, lo cual nos permite percibir la perspectiva espacio-temporal del efecto de retroceso. El cual, teóricamente, podría incluso sobrepasar el punto de partida originario de su propia proyección como acto, si la reacción de la fuerza opuesta fuera suficientemente mayor, como sucede en el retroceso de un rifle al dispararlo. O dicho en otras palabras, la recesión podría llegar a obligar a retroceder un marco contextual más allá de su punto causístico.

Dicho lo cual, con independencia de la fenomenología, lo que realmente me interesa de la recesión es su naturaleza como acto inacabado, lo cual conlleva en sí mismo el principio de incertidumbre por impermanente. ¿Por qué un acto queda inacabado?. Para dar respuesta a dicha pregunta debemos acudir a las características esenciales de una recesión como acción física (fuerza, masa y movimiento). Veamos:

1.-Un acto queda inacabado porque es incapaz de realizarse como acción, lo que representa que carece de fuerza para su fin.

2.-Un acto queda inacabado porque es accidental, lo que significa que carece de masa sustancial.

Y, 3.-Un acto queda inacabado porque es obsoleto, lo que se manifiesta en un retroceso en el movimiento continuo del espacio-tiempo.

Por lo que podemos concluir que toda recesión es propia de actos inacabados por incapacidad, por naturaleza accidental, por obsolescencia, o por la suma combinatoria de éstos.

Por otro lado, es curioso observar como nuestras sociedades de mercado contemporáneas contemplan la recesión dentro de la normalidad propia de una fase inherente a los ciclos económicos (recesión-depresión-reactivación-auge y vuelta a comenzar), cuando la recesión evidencia de manera fehaciente -por pura experimentación empírica- que nuestro modelo económico contemporáneo basado en el capitalismo es propio de un modelo de organización social incapaz, accidental y obsoleto por defecto estructural, que fuera de mejorar con las décadas empeora en su desarrollo evolutivo (desde un punto de vista económico, y por tanto social).

Cierto es que una de las leyes principales de la vida es la ley del ritmo o también denominada ley pendular, generadora de ciclos oscilantes en un mundo dual por polarizado, pero no es menos cierto que una de las cualidades trascendentales del ser humano es superar las propias leyes de la naturaleza para beneficio de nuestra especie. Por lo que no resulta de recibo protagonizar las recesiones con la abnegación sumisa de quienes aceptan dicha naturaleza de la economía como un efecto cíclico normal y normalizado -a expensas del sufrimiento social que ello comporta-, sino que urge desde la inteligencia colectiva corregir el defecto estructural del modelo económico actual para convertirlo en un sistema de organización social capacitado, sustancial y sostenible, aun a expensas de intereses partidistas. Transformemos la economía contemporánea (que por ser de mercado es social) como acto inacabado en una economía lo más cercana a una acción realizada, que no es más que el fin último del anhelado estado de bienestar social.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

martes, 3 de septiembre de 2019

Sobrepoblación mundial, efectos socio-económicos y políticos a corregir


Que somos cada vez más seres humanos los que coexistimos en el planeta es una evidencia. Para muestra, un botón: en el año 1.800 éramos 1000 millones de personas y, transcurridos tan solo dos siglos, actualmente sumamos ya los 7.300 millones de personas, cifra que según todas las previsiones se elevará a los 10.000 millones de personas a finales del presente siglo. Un ritmo de crecimiento poblacional de la especie humana nunca visto hasta la fecha en toda la historia de la humanidad.

Las razones son claras. El incremento poblacional mundial coincide con la aparición a finales del siglo XVIII de la primera revolución industrial -ya vamos por la cuarta desde 2011-, lo cual no solo conllevó un aumento exponencial de la renta por cápita en todo el planeta, que se había mantenido prácticamente estancada en los siglos anteriores, posibilitando la economía productiva de masa basada en la competitividad de mercado como motor de la innovación, sino que ha ido pareja asimismo de un alto crecimiento en el desarrollo del estado del bienestar social de las comunidades humanas.

Pero razones fenomenológicas a parte, lo cierto es que nuestra especie ya hace tiempo que ha alcanzado el estado de sobresaturación con respecto a nuestro propio planeta, pues nuestro conductismo existencial supera el límite que la Tierra puede admitir. Por lo que si existe alguna solución sobresaturada en el planeta -hablando en términos químicos-, éste no es otro que el propio ser humano, ya que nuestro nivel de explotación en materia de recursos naturales es superior a la capacidad de regeneración del planeta. Un ritmo conductual colectivo que, de proseguir, nos obligará a “tener que irnos con la música a otra parte”, como bien apuntó Stephen Hawking poco antes de morir en referencia a buscar nuevos planetas en el cosmos donde vivir.

No obstante, más allá de las implicaciones de salubridad medioambiental planetaria causadas por la sobrepoblación mundial -y nuestra fagocitación patológica propia de especies invasivas-, me interesa el estado de sobresaturación que hemos alcanzado con respecto ya no a nuestro propio planeta como organismo (tema del que se debate mucho), sino a nuestras propias sociedades como entidades orgánicas. En este sentido, cabe destacar los efectos de la sobresaturación por sobrepoblación en los estratos económico, social y político en el seno de las sociedades occidentales contemporáneas.

Los efectos de la sobresaturación en el modelo económico de mercado, por sobrepoblación de nuestras sociedades, se evidencia en la diferencia por exceso de la oferta de servicios y productos respecto a la demanda de los mismos sin capacidad para asimilarlos, lo cual conduce a un estado de decrecimiento económico que genera caída en la renta por cápita y aumento de la inflación.

Los efectos de la sobresaturación en el modelo de bienestar social, por sobrepoblación de nuestras sociedades -y en connivencia con el modelo económico de mercado-, se evidencia en la diferencia por exceso de la necesidad de cobertura de las prestaciones sociales para los miembros de una comunidad respecto a la capacidad de respuesta del Estado hacia la misma en la que se ve imposibilitado, lo cual conduce a un incremento de la deuda pública nacional y a un aumento de la brecha de desigualdad social.

Mientras que los efectos de la sobresaturación en el modelo político en estados democráticos sociales y de derecho, por sobrepoblación de nuestras sociedades -y en connivencia con los modelos económico de mercado y de bienestar social-, se evidencia en la diferencia por exceso de la capacidad hipotética de la política soberana respecto a la capacidad política real de la soberanía nacional, lo cual aboca a un aumento del estado de desafectación de la política y a un incremento de las políticas populistas.

Parece evidente que ante tal panorama, y entendiendo que sobrepoblación mundial equivale en términos sociológicos a globalización, no se pueden corregir los desequilibrios de los efectos de la sobresaturación en el modelo político sin antes corregir los efectos de la sobresaturación en el modelo de bienestar social, ni éste sin previamente corregir los efectos de la sobresatutación en el modelo económico de mercado, que es lo mismo que redefinir el actual estándar de la economía productiva que alinee oferta con demanda.

No obstante, el único camino existente para corregir el desequilibrio por sobresaturación poblacional del modelo económico de mercado no es otro que mediante la decidida intervención de un redefinido modelo político (con incidencias transversales en el conjunto de la sociedad), en el que la democracia vuelva a ser social y de derecho, con capacidad para hacer evolucionar el capitalismo hacia un estado de poder ponderado sobre el conjunto de la sociedad (capitalismo humanista). Lo contrario solo conduce a excesos en desigualdad social y a desequilibrios en la asignación y explotación de recursos en un planeta sobrepoblado que, con prescripción retrasada, requiere de un nuevo orden estable para su sostenibilidad. Aunque, como ya sabemos, la acción virtuosa del in medio virtus aristotélico nunca ha sido un fuerte para el ser humano.



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lunes, 2 de septiembre de 2019

La lacra del siglo XXI: hacerse maduro profesionalmente

"Pasante de Moda", film de 2015 con De Niro y Hathaway

Las estadísticas de población activa de rabiosa actualidad son elocuentes: el mercado laboral no quiere a trabajadores en edad de madurez profesional, es decir, a mayores de 45 años. Así pues, Houston tenemos un triple problema.

Tenemos un problema de nivel social. Ya que la experiencia no solo ha dejado de primar, sino que ya no representa un valor añadido en nuestra sociedad.

Tenemos un problema de nivel económico. Ya que desvalorada la experiencia, el modelo productivo solo puede desarrollarse en base a sectores económicos de baja cualificación, los cuales se retroalimentan en el fango de la precariedad laboral: contratos temporales y salarios reducidos.

Y tenemos un problema de nivel individual. Ya que la desvalorización de la experiencia junto a una economía productiva basada en la precariedad laboral destierran del mercado laboral -empujón consciente mediante por parte de los departamentos de RRHH de las empresas- a todo trabajador activo en edad de madurez profesional y, dicho sea de paso, con una estructura familiar constituida. (Ver: La dictadura de la sociedad joven).

En resumidas cuentas, alcanzar la madurez profesional se ha convertido en la nueva lacra del siglo XXI, y los responsables de RRHH en la nueva inquisición encargada de exterminarla de la nueva religión del mercado laboral.

Un triple problema que por ser sociológico es ético per se. Pues desvalorar la experiencia es ir en contra del valor del conocimiento -adquirido gracias al valor del esfuerzo- que se elabora colectivamente, derivado de la observación de una comprobación previa y mediante la participación en común a posteriori de dicha vivencia. Ya que apostar por una economía productiva fundamentada en la precariedad laboral equivale a empobrecer el estado de bienestar social colectivo de manera consciente, con premeditación y alevosía. Y el hecho desterrar del mercado laboral a trabajadores en estado activo y con cargas familiares consolidadas es un atentado directo contra la dignidad de éstas personas y de sus familias.

Es por ello que a la luz de la ética podemos afirmar que la no aceptación por parte del mercado laboral de trabajadores mayores de 45 años representa, como diría Platón, una conducta moralmente injusta -por no equitativa- y, por tanto, reprochable socialmente.

Por otro lado, cabe subrayar que los valores morales son fruto del consenso social por parte de cada sociedad habida y por haber en el transcurso de la historia de la humanidad, por lo que es responsabilidad nuestra como sociedad determinar si la exclusión de facto del mercado laboral contemporáneo de los trabajadores en edad de madurez profesional es una virtud a respaldar o un vicio a corregir de nuestro tiempo. Para los despistados, cabe apuntarles que, a todas luces, se trata de un vício moral a corregir, pues no solo contradice la razón social -en el que todo individuo es un fin en sí mismo y no solo un medio, como únicamente pretende el Mercado-, sino que desprecia asimismo y de manera arrogante la propia dignidad de la vida humana.

Y no hay mejor manera que corregir un vicio o conducta moralmente injusta en una virtud o conducta moralmente justa, desde un enfoque social, que legislando en derecho laboral por la protección de los mayores de 45 años. Pues, como ya apuntó Kant con su imperativo categórico, solo los actos realizados por deber tienen valor moral virtuoso.

Ya es hora que acotemos el campo al Mercado, a quien hemos cedido nuestra soberanía social en demasía en pos de una libre economía productiva como motor de una mal denominada competitividad social. A la economía de Mercado lo que es del Mercado, y a la Sociedad lo que es de la Sociedad: la moral social. Que nuestra sociedad vuelva a enriquecerse con el aporte de talento, experiencia, madurez, compromiso, responsabilidad, gestión emocional, y sabiduría existencial de esos jóvenes de más de 45 años repletos de vitalidad e ilusión.



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miércoles, 28 de agosto de 2019

Sobre el vacío o materia oscura personal, y el Ojo que no lo ve todo


El Ojo que todo lo ve, no lo ve todo. Pero no siempre fue así. En la época de los antiguos dioses, el Ojo de Ra u Ojo de Horus lo veía todo en plena era de la cuna de la civilización de la humanidad, el Ojo del Dios crístico lo veía todo desde la época medieval hasta los albores del ateísmo, y el Ojo del Gran Arquitecto lo veía todo en la superada (por el agnosticismo científico) era de la ilustración. Pero ahora el Ojo de la Providencia -muertos y prácticamente olvidados los dioses antiguos-, ya no es de naturaleza metafísica, mística y religiosa, sino que el nuevo Ojo imperante que todo lo ve es de naturaleza artificial por algorítmica y tecnológica, pues nos encontramos inmersos en la era del Ojo de Google (entiéndase como metonimia de la omnipotente era de internet).

El Ojo contemporáneo que todo lo ve, el Ojo de Google, solo ve las manifestaciones externas de los seres humanos, pero no así su mundo álmico interior, capacidad de visión que por otro lado sí tenían los antiguos dioses. Por no ver, el Ojo artificial que todo lo ve no puede ver el vacío de los hombres, al igual que los científicos no pueden captar la materia oscura del universo que cohesiona nuestro cósmos y sin la cual las galaxias y con ellas todos sus astros (planetas y estrellas incluidos) se dispersarían por su propia rotación. Y aun así, aunque el Ojo que todo lo ve no pueda ver o captar el vacío interior de las personas o la materia oscura del exterior del espacio, no significa que éstos no existan y cumplan una función relevante en nuestra existencia particular.

De hecho, el vacío interior del ser humano es equiparable a la materia oscura del universo, pues se sabe que existe pero se desconoce de qué está compuesta, es oscura porque no emite ningún tipo de luz mostrándose completamente transparente o invisible a cualquier espectro electromagnético, y aún así su existencia se puede inferir a partir de los efectos físicos, mentales y emocionales que ejerce sobre el cuerpo y la consciencia humana. Y aunque su porcentaje de materia no visible es pequeña en relación al conjunto de la materia visible del cuerpo del ser humano, pobre del que desde su mismidad se precipita en su oscuridad -por acción, omisión o accidente exógeno u endógeno- porque en el vacío de su interior toda luz personal acaba apagándose.

Tanto es así que se sabe cuando un ser humano ha sido engullido por la fuerza gravitatoria de su vacío o materia oscura personal porque su luz visible deja de brillar a los ojos del mundo exterior, mostrando una clara actitud psicoemocional de pérdida de ilusión, alegría y motivación por la vida en su día a día. (Pues no se puede dar lo que no se tiene). No existiendo más que apatía, pues en el insondable espacio del vacío personal los ecos del alma de la personalidad del hombre se pierden entre la oscuridad de la nada hasta su propia extinción. Ya que sobre la naturaleza del vacío interior, si bien desconocemos su composición, sabemos -por simple observación empírica- que priva a la persona de los rasgos característicos que definen su propia identidad innata, sin los cuales no puede manifestarse la chispa vital de todo individuo. O, dicho de otro modo, solo cabe arrebatar la esencia de la personalidad singular que caracteriza a un ser humano para empujarle irremediablemente al pozo de su vacío personal, allí donde solo existe la nada, que es lo más parecido a una muerte agónica -por lenta y arrebatada de sentido- en vida.

El vacío o materia oscura personal pertenece al mundo de la metafísica. Es por ello que el nuevo Ojo artificial no lo ve, pues éste solo forma parte del mundo físico. Pero aún no siendo visible en el mundo de las formas, es por todos sabido que el vacío personal existe. Así como el hombre sabe, aunque sea por puro instinto de supervivencia, que del vacío oscuro se puede salir, siendo el único camino de retorno o “renacimiento” la acción de volver a ser uno mismo -desde la esencia de la mismidad que caracteriza nuestra singular naturaleza personal-, frente al resto del mundo exterior. No obstante, no es menos cierto que enfrentarse a un mundo que coyunturalmente ahoga, presiona hacia nuestra propia nulidad y nos hace sentir impotentes como seres humanos individuales no resulta fácil, y más aun cuando el mundo inmoviliza con lazos sentimentales y responsabilidades tanto morales como materiales con el objetivo de forzar la cesión de nuestra mismidad. Es por ello que la reivindicación de la libertad del Yo Soy, como reactivo para escapar del vacío o materia oscura personal, solo es apta para valientes de espíritu, conscientes que no hay libertad sin lucha, ni lucha sin rebeldía. Pero no se trata de una rebeldía sin causa, sino de la rebeldía propia -que bien puede calificarse de resistencia existencial- de la chispa personal de la vida que todo ser humano debe resguardar por derecho y obligación natural para continuar sentirse vivo en su cotidianidad.

El Ojo de la Providencia de nuestro siglo que todo lo ve, no puede ver ni captar el vacío personal -como sí lo hacían los antiguos dioses-, por lo que aun exhibiendo una inteligencia artificial suprahumana no puede gestionar aquello que desconoce, dejando al ser humano contemporáneo al desamparo de sus propias capacidades. Todo un reto de superación personal para cualquier ser humano, en una sociedad enajenada por el Ojo de Google, en la búsqueda de un camino de autoaprendizaje e iniciación en soledad hacia la plena consciencia de la mismidad que permita a la persona salir de su vacío o materia oscura personal.

El vacío personal existe, aunque el Ojo que todo lo ve no lo vea, y como todo en el Universo tiene su propia función. Al igual que la materia oscura cohesiona nuestro cosmos, el vacío personal cohesiona nuestra singularidad como seres pensantes y sintientes, no por lo que hacemos sino por lo que somos. El vacío personal se muestra como un revulsivo existencial, claramente metafísico, para reencontrarnos nuevamente desde nuestra esencia singular una vez nos hemos perdido -o mejor dicho, dejado perder- en el mundo exterior. Por lo que si alguna razón de ser tiene el vacío personal ésta no es otra que la de ayudarnos en nuestro proceso de crecimiento personal. Pues la vida, aun en su fragilidad, es una fuerza inexorable.

A partir de aquí, que cada cual actúe como mejor sepa proceder inmersos -si es el caso- en los vacíos personales, pues no existen fórmulas estándares. Aceptando que muertos los antiguos dioses, el hombre está solo consigo mismo y frente a sus circunstancias en un mundo panóptico e invisible en su vacío frente a un Ojo que no todo lo ve. Sabiendo que solo se regresa al camino de la luz personal que nos permite sentir vivos, desde el espacio de la materia oscura individual, redescubriendo quiénes somos en verdad, para a continuación renovar las fuerzas existenciales actuando en consecuencia. Pues no hay mayor fortaleza y vitalidad personal que vivir siendo fieles desde el Yo Soy con nosotros mismos y frente al resto del mundo. Fiat lux!



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miércoles, 7 de agosto de 2019

Ante una implosión del mundo personal solo cabe reconstruir la realidad


La vida suele transcurrir sin mayores complicaciones para la mayoría de las personas que habitan en su zona de confort. Aunque, en algunas ocasiones, una persona puede llegar a romperse interiormente -bajo parámetros psicoemocionales- , al verse sometida a una fuerza de presión de la vida mayor a la fuerza de resistencia o presión interior del propio individuo. Es entonces que se produce una implosión del mundo personal.

La implosión del mundo personal, que genera una explosión hacia dentro del ser humano, o bien acaba estallando creando -tiempo mediante- un nuevo efecto de retroexpansión que permite la reconstrucción de la estructura psicoemocional de la persona, o bien supera la propia explosión interna comprimiendo todo el mundo psicoemocional de la persona a un punto de nulidad cercano a cero, como si de la formación de un agujero negro interno se tratase. Está claro que en este segundo caso la persona queda rota interiormente, con las consecuentes manifestaciones de patologías psicológicas o incluso físicas resultantes, como puedan ser depresiones, shocks traumáticos, ataques cardíacos, etc. Mientras que en el primer caso, en el efecto de la retroexpansión para la reconstrucción de la estructura psicoemocional de la persona, ésta no solo debe de pasar por un profundo proceso de gestión emocional, sino también de redefinición de su esquema vital de creencias y de su escala de valores morales. Y es sobre éste segundo caso justamente que deseo centrar la presente breve reflexión.

Es evidente que en éste supuesto la implosión del mundo personal conlleva de manera inequívoca una causa de deconstrucción, por fuerza mayor, de la realidad del individuo que necesitará de una nueva reconstrucción, a posteriori, de la misma. Un proceso en el que cada persona, a título individual, necesita de un tiempo singular propio. Pues la deconstrucción por implosión de la realidad personal es equiparable a un apagón de la luz vital interior de un individuo, cuyo reencendido (en alusión metafórica) es directamente proporcional a la fuerza de la chispa vital del mismo. Y es que cuando se produce una implosión del mundo personal la vida deja de tener sentido, generalmente de manera transitoria, hasta que la persona vuelve a rearmarse psicoemocionalmente para volver a encontrar u otorgar un nuevo sentido a su propia existencia.

He aquí que nos hayamos frente a un proceso, no exento de duelo personal, cuya sanación pasa por tres estadios bien definidos: un primer estado de desapego hacia la realidad implosionada que ya no existe, un segundo estado posterior de aceptación de la realidad existente como resultante tras la implosión (principio de realidad), y un tercer y último estado de reconstrucción de los esquemas de la realidad personal sobre los fundamentos de la nueva realidad imperante por resultante.

Lo relevante de la fase de reconstrución de los esquemas de la realidad personal es que ésta afecta al universo de creencias del individuo, pues le obliga a replantearse tanto aquello en lo que creía que ya no es, como en aquello que a partir de ahora debe creer por ser. Y todo ello en relación a la vida como marco de referencia donde la persona se desarrolla como ser pensante y sintiente, que no es materia menor. Una redefinición de las creencias sobre la naturaleza y funcionamiento de la realidad que, asimismo, afectan como doble cara de una misma esencia al esquema de valores morales de las mismas creencias. Pues la deconstrucción y reconstrucción de una realidad humana es un fenómeno que implica indisolublemente la deconstrucción y reconstrucción de la estructura mental y emocional de una persona, y no existe pensamiento ni sentimiento sin carga moral. Y no hay que decir que en dicho tránsito, al tratarse de un proceso íntimo, personal e intransferible, la herramienta de la gestión emocional representa un valor inmensurable. Por lo que a mayor práctica en en materia de gestión emocional, mayor control psicoemocional tendrá una persona en un proceso de implosión del mundo propio, por refuerzo natural de la capacidad de resilencia del individuo. (Ver: Manual de la Persona Feliz, Tecnología mental para una buena salud emocional).

No obstante, no quisiera finalizar esta breve reflexión sin apuntar una verdad inmutable in saecula saeculorum como es que el tiempo es una gran medicina para la implosión de los mundos personales, y que el secreto para el tránsito exitoso entre la deconstrucción y la reconstrucción de una realidad humana personal no es otro que no perder de vista en ningún momento el centro de gravedad de todo ser humano: el sentido particular que otorgamos a la vida. Pues es justamente este sentido (de la vida) el que nos insufla las fuerzas necesarias para continuar viviendo el presente con plena capacidad para seguir reinventando el futuro de manera obstinadamente creativa. Ya que por encima de nuestro cielo perceptible, ya esté despejado o nublado, siempre brilla de manera inmutable el sol (nuestra luz). Aunque a veces nos empeñemos en autoconvencernos que ha cesado de iluminarnos. Y recordando, una y tantas veces como sea necesario, el hecho que, en verdad, la vida para que sea vida siempre implosiona desde el interior. Nihil novum sub sole!


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