viernes, 15 de diciembre de 2017

La paradoja de producir nuestra Suerte en un contexto improductivo

Recuerdo que en la universidad había un profesor que decía que “la esperanza es la muerte del empresario”. Unas décadas después yo no diría lo mismo a mis alumnos, sino que atribuiría la quiebra de una empresa, entre otros factores, a la falta de contingencias previstas en materia de riesgo empresarial controlado en un mercado altamente volátil. Pero lo importante de la máxima del viejo profesor para la presente reflexión, es justamente la cualidad prácticamente incombustible de “esperanza” que tiene toda persona a lo largo de su vida. En otras palabras, por mal que vayan las cosas, la esperanza en un futuro mejor es lo último que se pierde, aunque sea mediante un débil y aletargado latido, pues la esperanza es parte intrínseca del instinto básico de supervivencia de nuestra especie.

Pero si algo caracteriza a la esperanza es justamente que va íntimamente relacionada con la suerte, pues el reclamo último de todo tipo de esperanza es que la suerte nos sonría de cara en cualquier aspecto de la vida. Así pues, la esperanza no deja de ser más que una súplica, mientras que contar con la suerte en nuestras vidas es el deseo de dicha súplica.

La suerte, por su parte, la vemos manifestada en el mundo humano de tres maneras bien diferentes:

1.-Suerte Preconcebida, derivada de un ambiente favorable en el que nos desarrollaremos como personas y otorgada en el momento incluso anterior a nuestra propia concepción.

2.-Suerte Sobrevenida, derivada de manera inesperada por los designios azarosos del misterio de la vida.

Y, 3.-Suerte Producida, derivada del resultado de una actividad productiva previamente realizada.

Si bien todos quisiéramos contar con la Suerte Preconcebida o Sobrevenida a nuestro favor, a modo semejante de bendición divina, la mayoría de los mortales buscamos alcanzar la Suerte en nuestras vidas a través de la tercera vía posible: la Suerte Producida. Una tipología de suerte que va vinculada a la palabra mágica de Productividad, entendiendo ésta como la fuerza de trabajo individual capaz de generar unas rentas suficientes para poder vivir en un estado de bienestar social óptimo desde un punto de vista financiero. Pero, ¿qué pasa si aun mediante el desarrollo de una actividad productiva no llega la anhelada suerte? En otras palabras, ¿qué sucede si aun trabajando la persona no es suficientemente productiva para ganarse la vida? Y aún más, ¿qué sucede si un individuo no consigue acceder al mundo de la productividad, aun esforzándose por reinsertarse laboralmente? Pues por muy activa que esté una persona tanto en un escenario de ejercicio de un trabajo como en un escenario de búsqueda de trabajo, si dicha actividad no da resultados económicos suficientes para la subsistencia y desarrollo vital de un persona, no se puede hablar de Productividad en términos mercantilistas. Por lo que, sin Productividad, no hay posibilidad de alcanzar la Suerte Producida, pues dicha suerte no se puede producir.

(En la España del 2017, el 50 por ciento de los trabajadores cobran menos de 1.000 euros al mes, y el 17% de la población activa está desempleada, provocando que el 40% de los niños españoles estén anclados en la pobreza- solo detrás de Rumanía y Grecia en la UE)

A todas luces, la inproductividad de una persona, que le impide alcanzar un estadio de Suerte Producida a nivel individual, con unas tasas de salario medio y de desempleo como registra España, debe considerarse como un problema estructural social, y no exclusivamente como un problema de capacidad productiva individual. Pues en un contexto donde la demanda y la oferta está bajo mínimos, y la capacidad de financiación de nuevos proyectos brilla por su ausencia, generando un círculo vicioso de carencia y restricción económica, la tan explotada cultura de la emprendedoría como panacea a la Suerte Producida se presenta como una falacia de políticos que no saben, o no quieren ver (pues están bien cobijados al calor de la burbuja del sector público), afrontar los problemas acuciantes de la sociedad actual.

Mientras tanto, la persona -que es el factor humano y real de ese concepto abstracto que denominamos sociedad-, prosigue a cada nuevo día la búsqueda personal (y por extensión familiar) de esa Suerte Producida que le cambie la vida. Pues por encima del diagnóstico económico del problema estructural de una sociedad con capacidad productiva limitada, la persona debe continuar viviendo día a día. Y en ese esfuerzo de resistencia y reinvención diario persiste el latido -no económico, sino humano- de la esperanza, pues lo contrario es tan inverosímil en la naturaleza humana como la remota idea de dejar de respirar.

Sí, ciertamente muchos son los llamados a alcanzar la Suerte Producida, pero pocos son los elegidos en estos tiempos que corren. Caprichos de los Dioses, donde La Fortuna se ha tomado un descanso en los jardines del Olimpo a espaldas de los mortales para mayor trabajo de la divina Esperanza (Spes), quien sabe si enfrascada, en estos días de festividades navideñas, en regalar una repartida Suerte Sobrevenida mediante la lotería nacional. Alea iacta est.


Que en estos días de esperanza reafirmada la suerte cambie la vida de aquellas personas de buena voluntad que lo necesitan, a falta que la Suerte Producida vuelva a ser un derecho natural de todo ciudadano en un Estado de Bienestar Social real, lucidez mediante de nuestros gestores públicos (aunque sea mucho pedir). Pues Bienaventurados son los que no pierden la esperanza trabajando por una vida mejor, pues de ellos será -tarde o temprano- el reino terrenal.


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miércoles, 13 de diciembre de 2017

La mente humana rellena los agujeros del no-saber, aunque sea con mentiras, por salud existencial

La mente humana no está preparada para no entender algo, por lo que aquello que no entiende debe darle forzosamente un significado, aunque este sea no-racional, para posteriormente poderlo etiquetar. De hecho, a la mente humana no le interesa si el agujero de la inentendibilidad se rellena con mitología, religiosidad, fantasía o esbozos de realidad, pues tampoco sabe distinguir las diversas categorías de los rellenos cuando se trata de afrontarse a lo desconocido. Es solo cuando la mente cree conocer (que no es lo mismo que saber), que puede discernir o intuir entre la veracidad de las diferentes creencias de pensamiento. Por lo que, para la naturaleza de la mente humana, más vale vivir en una mentira, que vivir en el inconcebible agujero de un no-saber.

Quizás, la necesidad del ser humano de rellenar los agujeros de la inentendibilidad radica en el funcionamiento biomecánico de nuestra propia mente que, como un complejo ordenador hiperactivo las 24 horas del día, no puede permitirse un bloqueo o cortacircuito en su funcionamiento pues ello podría significar el colapso de la totalidad de su interconectado sistema electro-químico neuronal, provocando un estado general de encefalograma plano. . . . . . . . ........

[#Error en el sistema#]
[#Se requiere reiniciar#]

Pero, ¿y si descubriéramos que vivimos en una mentira? ¿Y si la veracidad de las creencias sobre las que cimentamos el sentido de nuestra existencia cayeran por peso propio? Por ejemplo, en unas fechas tan señalas como las actuales, en plena preparación para la celebración de la Navidad cuya costumbre ha configurado la estructura de la sociedad occidental durante siglos, aunque con adaptaciones continuas acordes a las necesidades de cada tiempo (ahora el compás lo marca el Mercado), ¿qué sucedería si los fundamentos de la creencia no fueran reales, sino un compendio de relatos mitológicos más o menos bien enarbolados de fuentes milenarias egipcias y sumerias? (La vida de Jesús como copia del mito de la vida de Horus, las Máximas de Ptahhotep como inspiración de las Bienaventuranzas, el mito sumerio de Utnapishtim como fuente del diluvio universal y el arca de Noé, las Leyes del Libro de los Muertos egipcio como inspiración de los 10 Mandamientos de Moisés, la Oración de los Ciegos del Papiro de Ani como original de la oración del Padre Nuestro...).

[#Error en el sistema#]
[#Espere unos minutos, el sistema se está reparando#]

Pues lo cierto es que no pasaría nada, pues el sistema de seguridad de la mente por rellenar los agujeros de la inentendibilidad tiene recursos diversos para la preservación de la salud emocional humana como pueden ser, entre otros, mecanismos de defensa como la obcecación o la reafirmación, ya sea en este caso de carácter espiritual o cultural. Y lo mismo sucede en otros ámbitos de la vida humana como puede ser la política, donde la enajenación colectiva destaca por su presencia en tiempos actuales de enaltecimiento de nacionalismos endogámicos y pueblerinos. Sin hablar de la fe, que es capaz de cubrir cualquier agujero de inentendibilidad por grande que sea. Pues más vale vivir psicológicamente confortados en una mentira -que produce estabilidad personal y social-, que vivir en la angustia del vacío de contenidos y continentes sin significado existencial. Y es que la Verdad, que es aquella refutada por la realidad objetiva, no es trago para mentes pequeñas y débiles.

Aunque, retrocediendo más atrás en el tiempo, ¿qué sucedería si descubriéramos, a su vez, que los mitos egipcios y sumerios que fundamentan el relato cristiano -y gran parte del judío y musulmán- sobre el que se basa nuestra civilización, no tuvieran correspondencia con un conocimiento objetivo contrastado con la realidad, no siendo más que eso, mitos? Pues lo cierto es que tampoco pasaría nada, pues la necesidad del ser humano de rellenar los agujeros de la inentendibilidad permiten a la humanidad seguir adelante en su singular camino evolutivo como especie, aunque sea sobre la creencia de sus propias mentiras existenciales. Pues al final, si los falsos credos sirven a la función nuclear de estructurar sociedades humanas organizadas (con su juego de niveles de poder incluidos), ya han cumplido su propósito a la luz del entendimiento de la humanidad. No obstante, uno no puede dejar de preguntarse, aunque sea por pura curiosidad intelectual y con independencia de la veracidad de dichas creencias, ¿cuál fue el origen primogénito de nuestras creencias existenciales trascendentales y cómo se llegaron a originar? Aunque soy consciente que, en este punto, se abre todo un mundo posible de elucubraciones que, por falta de juicios de valor objetivos suficientes, necesitamos regresar a la senda de la mitología, la teología o la ciencia ficción para llenar nuevamente el agujero de la inentendibilidad.

[#Error en el sistema#]
[#Pulse F1 para solventar el problema#]
[#Espere unos minutos a que se rellenen los agujeros de la inentendibilidad#]
[#El sistema se está reiniciando. Mientras tanto, puede continuar con las tareas de su vida diaria#]

Libertas Capitur, Sapere Aude
(La libertad se conquista. Atrévete a saber)


Referencias Artículo / Relación La Biblia y Mitos Egipcios y Sumerios
Vida de Horus: https://www.absolum.org/antrhis_horus_vs_jesus.htm
Máximas de Ptahhotep: http://www.egiptoforo.com/antiguo/Maximas_de_Ptahhotep
Mito de Utnapishtim: https://sobrehistoria.com/el-arca-de-noe-y-el-mito-sumerio-de-utnapishtim/
El Libro de los Muertos: http://egiptologia.com/la-biblia-y-el-libro-egipcio-de-los-muertos/
Papiro de Ani: https://es.wikipedia.org/wiki/Papiro_de_Ani



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martes, 12 de diciembre de 2017

Conectados al móvil para sentirse existente (en un cerebro digital global)

Era de noche y regresaba de vuelta a Barcelona en tren. En esta ocasión me tocó sentarme al lado del pasillo, desde donde podía observar a mis jóvenes acompañantes de trayecto. Parecían cansados tras un supuesto día lleno de emociones, sin más actividad que la de revisar y compartir las fotografías captadas por sus teléfonos sin levantar cabeza prácticamente de dichos dispositivos móviles, con la apariencia de estar, si no abducidos, al menos en un estado similar al trance. Mismo cuadro con el que, minutos atrás, me había encontrado en la estación con un grupo de mujeres, esta vez mayores en edad y de origen extranjero, con las que esperaba casi codo con codo la llegada de nuestros trenes respectivos. Y una imagen que, por experiencia, volvería a revivir posteriormente en el metro aunque con diversidad de rostros multiculturales reflejados en infinidad de pantallas táctiles.

Lo cierto es que, desde la observación externa, da la sensación de que el aparato móvil, conectado a una red global, parece cubrir la necesidad psicoemocional del ser humano del siglo XXI de sentirse existente. No solo como si la persona, como individuo, es y existe en tanto en cuanto es percibido como existente por los demás en un ciberespacio interconectado, sino que además la persona parece estar necesitada en verse inmortalizada en las redes sociales para sentirse y creerse vivo. Un efecto, probablemente, producido por una vida vivida hacia afuera en una sucesión continua y veloz de estímulos sensoriales que no cubren la necesidad existencial del tiempo y el espacio que requiere el reencontrarse con uno mismo. Y si vivimos sin estar con nosotros mismos, resulta de obligado cumplimiento el preguntase ¿desde dónde estamos viviendo?.

Con independencia de si la respuesta de cada cual es que uno vive en si o vive fuera de si (lo que significa que cedemos nuestro Yo a terceros, con todas las patologías dependientes que ello genera), resulta evidente el hecho de que hemos creado una sociedad en la que estamos más preocupados en aparentar que en ser, y en disfrutar compulsivamente que en reflexionar. Una dinámica de movimiento cuya inercia tiende de manera natural, casi gravitacional, hacia un aumento progresivo en la velocidad del ritmo de la vida cotidiana de las personas por minuto. No en vano el estado natural de una sociedad basada en la aritmética de un sobre saturado mercado competitivo -como el occidental- es la velocidad sostenida en un futuro sin horizonte, cuya fuerza motriz depende de la generación de nuevas y continuas ofertas para nuevos, reinventados y continuos demandantes sobrexcitados en una carrera sinfín, pues lo contrario significaría el colapso del sistema. Y nadie quiere que se pare la rueda (del ratón).

Sea como fuese, el desequilibrio creado por una vida llena de formas, gustos, sabores, olores y texturas volátiles, pero vacía en contenidos, ha abocado al hombre contemporáneo a crear una realidad alternativa para dar respuesta a su necesidad trascendental -aunque en muchos casos inconsciente- de sentirse existente (por percibido) mediante la autocreación de un relato propio y singular lleno de contenido, aunque éste sea ficticio. Y es en este punto donde los límites de lo real y lo irreal se confunden e intercambian, llegando a convertir el mundo vivido en las redes sociales como real y la vida real como un vaporoso sueño que transcurre entre los intervalos de desconexión con la realidad digital, donde el Yo se construye como Ser en un flujo continuo de intercambio de datos.

Pero lo más interesante es el hecho de observar que las millones de personas -muchas de ellas jóvenes- que viven en la nueva realidad, se han convertido en partes de un cerebro digital global que crea nuevas formas de entender, concebir e interpretar los diferentes mundos al margen de su naturaleza real (en el sentido más estricto del concepto), reduciendo al ser humano en neuronas con altos niveles de nutrientes que alimentan la compleja red de sinapsis del nuevo organismo. Y ya sabemos que todo cerebro, ya sea biológico o de inteligencia artificial, tiende a crear su propia conciencia. Así pues, la pregunta del millón que cabe hacerse, en un mundo donde las personas construyen su identidad existencial dentro de un cerebro digital global, no puede ser otra que si dichas personas tienen una conciencia propia como seres humanos en el sentido antropológico, o si sus conciencias vienen sobrevenidas y desarrolladas por la conciencia de un organismo artificial que los trasciende. En todo caso, se abre un apasionante terreno de estudio digno para la Ética.

Asimismo, si bien hace tiempo que somos conscientes que el hombre ha dejado de evolucionar biológicamente, a diferencia del resto de especies sobre el planeta, para evolucionar tecnológicamente mediante la gestión del conocimiento, lo que sí que parece nuevo es la idea de percibir que podamos dejar de evolucionar como personas mediante el desarrollo de una propia conciencia individual e intransferible en beneficio de una conciencia global, transferible y superior de naturaleza artificial. Y si bien la respuesta la tienen las generaciones venideras, uno no deja de inquietarse ante la posibilidad de la pérdida del libre albedrío (prerrogativa de la conciencia individual humana) por parte de quienes controlen el gran cerebro digital.

Mientras tanto, y con permiso del lector, doy por acabada aquí la presente reflexión -consciente de los interrogantes que quedan en el aire sin resolver, pues no es el propósito- desconectándome de la red digital para perseverar mi mismidad, pipa humeante en boca, antes de dedicarme a otros quehaceres humanos, profunda y realmente humanos.

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lunes, 4 de diciembre de 2017

Del por qué unas palabras provocan cambios sociales y otras no, y de la necesidad de la responsabilidad pública

Vivimos en un mundo inmerso en la palabra, si bien parece que en estos últimos tiempos está devaluada en favor de la imagen y su capacidad de impacto visual. No en vano se acepta popularmente como máxima categórica la idea de que una imagen vale más que mil palabras. No obstante, si bien la imagen remueve, provoca e incluso incita, es la palabra la que acciona la voluntad de movimiento -en un sentido u otro- en la cosmología del ser humano.

Personalmente siempre me ha interesado el poder del influjo de la palabra en la sociedad en general y en el hombre en particular. Y si bien de joven creía que las palabras podían cambiar el mundo, más adelante me percaté que la palabra solo tiene poder cuando la persona está preparada -en su madurez intelectual y emocional- para recibirla como palanca de cambio y transformación personal.

Pero, ¿cuál es el proceso por el que unas palabras provocan cambios sociales y otras no?. Si observamos en cualquier manifestación de convulsión social de rabiosa actualidad, el proceso consta de tres fases que podemos asemejar, desde un enfoque puramente didáctico, a la estructura de un arma letal:

1.-Arma:
En primer lugar debe de haber un arma, es decir, debe de existir un contexto social que genera -objetiva o subjetivamente- un sentimiento colectivo de desigualdad.

2.-Percusor:
En segundo lugar, dicha arma debe contar con un percusor, que no es más que la identificación social de la causa -real, ficticia o inventada- de dicha desigualdad.

3.-Proyectil:
Y en tercer lugar, el arma debe contar con un proyectil que disparar, cuya munición no es otra que la calificación en términos negativos del sujeto identificado como causa de la desigualdad.

Pongamos un ejemplo. Ante una afirmación como: “Estamos mal porque el Sr.Y nos roba”, “estamos mal” es la percepción de un posible contexto social de desigualdad o arma, “el Sr.Y” es la identificación de la causa o percusor, y “nos roba” es la calificación negativa del sujeto identificado o proyectil que se carga a la espera de ser disparado.

Como podemos observar en el proceso, la palabras -en principio inocuas por sí mismas- se convierten en Palabras de Poder preparadas para provocar una reacción individual y colectiva cuando adquieren una carga emocional.

De hecho, la palabra per se no es más que una representación gráfica de un sonido que no deja de ser mas que una estructura vacía de contenido, semejante a la estructura desnuda de un edificio, al que los seres humanos llenamos de significado. Pudiendo cambiar dicho significado a nivel individual o social dependiendo del contexto histórico (el significado de “honra” difiere de la Edad Media al de la era contemporánea), otorgando asimismo significados diferentes dependiendo de la variable cultural donde se desarrolla y utiliza (como el vocablo “coger”, de significado bien diferente en España y en latinoamérica), e incluso llegando a convertir el significado de una palabra en un icono temporal -y por tanto, acorde a su tiempo- de expresión y manifestación de una colectividad (como en el caso actual con palabras como “cunde”, utilizada por los adolescentes tecnológicos para calificar una experiencia de manera superlativa). Así pues, si bien todas las palabras están llenas de significado contextual, éstas solo adquieren la capacidad de transformación personal y grupal cuando:

1.-Adquieren carga emocional cultural,

y 2.-Dicha carga emocional cultural se alinea con el contexto emocional íntimo y subjetivo de la persona.

Es por ello que nos encontramos con la aparente paradoja de frases y libros que tienen un significado y poder de transformación en un momento dado, y no en otro, de la vida concreta de una persona o un grupo. Puesto que las palabras, como ya he apuntado, transforman solo cuando la persona está preparada. De ahí que una antigua profesora, al finalizar sus clases, siempre nos decía: -“Vosotros me escucháis el lunes, pero me entenderéis el miércoles”, haciendo referencia al tiempo de maduración necesaria que debía transcurrir para poder madurar la información recibida y otorgar de significado con carga emocional a sus palabras. Lo mismo sucede con los procesos sociales, aunque en este caso los tiempos de maduración colectiva de un mensaje reiterado (lo que podemos denominar como adoctrinamiento) para convertirse en una palanca de transformación social puede durar generaciones. (De ahí la importancia de recelar de los adoctrinamientos de baja intensidad que pueden parecer inocentes e incluso amables, y que son sostenibles en el tiempo -a la espera que las semillas germinen gracias a un futuro ambiente propicio-, aunque este es otro tema).

No quisiera acabar esta pequeña reflexión, no obstante, sin subrayar la importancia del buen uso del poder de la palabra en el mundo específico de los agentes sociales, ya sean políticos o líderes de opinión, que tanto escasea. Pues en una sociedad donde la palabra pública se cultiva mediante el arte de la oratoria -con sus variantes como la telegenia-, bajo la influencia de técnicas publicitarias para que los mensajes puedan procesarse a través de los embudos de los medios de comunicación (económicos en palabras, austeros en tiempo y hambrientos de declaraciones impactantes -para enganche ocioso del consumidor-), cabe hacer un llamamiento a la conciencia de la responsabilidad no tan solo de lo que se dice públicamente, sino del efecto que puede provocar socialmente. Puesto que, a diferencia del dicho al hecho, de una Palabra de Poder social a un Decreto social, hay muy poco trecho. Es por ello que para aquellas personas que se dedican a la res publica, junto al aprendizaje de la bella materia de la oratoria, deberían contar con la Ética Política como formación obligatoria. Pues decretar consignas, mediante el uso de Palabras de Poder (para generar cambios sociales), sin conciencia de responsabilidad de las consecuencias públicas consiguientes, no es liderar para garantizar el progreso de una comunidad, sino abducir -como el Flautista de Hamelín- para padecimiento de quienes arrastra tras de si. Aunque, sea dicho de paso, la responsabilidad siempre es compartida, por lo que no hay mejor manera de acabar esta pequeña reflexión que rememorando las palabras de Platón: “El precio de desentenderse de la política es el ser gobernado por los peores hombres”. Fiat Lux!


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viernes, 1 de diciembre de 2017

El amor no es un valor universal

La gravedad es un valor que podemos considerar universal porque se trata de una fuerza constante e inmutable cuyo efecto es siempre replicable en todos los objetos con masa, de ahí que su descubridor, el físico Newton, la denominó como Ley de la Gravitación Universal. Si bien es cierto que la teoría, más que ley, de la gravedad no funciona en las cercanías de los agujeros negros ni a escalas microscópicas, donde los electrones campan a capricho bajo otras fuerzas conductuales diferentes. Es por ello que, aún y todo, podemos afirmar que la gravedad es un valor universal a escala humana.

El amor humano, en cambio, no podemos considerarlo universal ni a escala humana. No solo porque los valores universales ya son conceptualmente de por sí relativos, puesto que el “valor” viene determinado por un tipo de consenso colectivo en un momento concreto de la historia del hombre, y la caracterización de “universal” va íntimamente ligada a la percepción ética y moral de cada sociedad. Sino, principalmente, porque el amor humano está condicionado a dos variables fundamentales:

1.-La capacidad emocional-cognitiva de cada persona,

y, 2.-El contexto cultural en el que se desarrolla dicha persona.

Así, podemos encontrarnos con casos en que existan madres que no quieren a sus hijos, o personas cuyo amor por los perros o gatos, por poner un ejemplo, es puramente gastronómico.

Es por ello que si el amor humano es cultural, profundamente cultural, y asimismo condicionado a la volatilidad impermanente psicoemocional de la propia naturaleza del ser humano, ¿existe un amor de valor universal? Ante esta pregunta es fácil recurrir a la idea del amor transcendental. Un concepto que si bien podemos racionalizar intelectualmente, tal si estuviéramos teorizando sobre el Mundo de las Ideas de Platón, pocos son los privilegiados que pueden experimentarlo. Y si no puede ser experimentado comúnmente, ¿cómo podemos llegar a la conclusión empírica de que el amor transcendental, es decir aquel que nos acerca a la idea de plenitud de un amor de naturaleza propia de una divinidad concreta o abstracta, es un valor universal? Así pues, aun a pesar de poder parecer desagradables o irrespetuosos, podemos atrevernos a afirmar que el ideal del amor transcendental tampoco no es un valor universal, ya que no solo no es genérico y depende de determinismos humanos, sino que encuentra su opuesto en la naturaleza del mismo amor humano.

Si entendemos valor universal como una causa de efectos inmutables a los diversos contextos a los que se pueda exponer, y sin un valor igual o superior que lo invalide como manifestación opuesta a su misma naturaleza, definiríamos un valor universal como aquella causa manifestada en el mundo humano con una misma naturaleza y de polaridad única y exclusiva, por lo que no hallaríamos dualidad en su manifestación. Es decir, un valor universal, para poderlo considerar como tal, no puede responder al principio de polaridad que nos indica que un sujeto -ya sea mental, emocional o material-, tiene una misma naturaleza pero con doble polaridad diferente y opuesta, permitiendo de este modo poder transmutar dicho sujeto de una polaridad a otra. Lo que más comúnmente conocemos como realidad dual y que se manifiesta en conceptos como arriba-abajo, derecha-izquierda, frío-calor, triste-alegre. De hecho, nunca se nos ocurriría plantear como valores universales estos ejemplos expuestos.

Aún más, al referirnos al amor humano, podemos definirlo en tres estados de polarización diferentes: amor / no-amor / odio, dependiendo de las variables biológicas, ambientales y spicológicas de cada persona frente a un objeto o sujeto de amor potencial. Variables que, por su parte, están exentos en valores universales propiamente considerados como tal como la gravedad o la muerte en el plano humano.

Así pues, si el amor humano no es un valor  universal, podemos afirmar que es humano, profundamente humano (como diría Nietzsche), y no puro (en términos kantianos). Sí, el amor humano es relativo y condicionado a los parámetros referenciales tanto de los condicionantes de la propia persona (emisora o receptora de amor), como de sus determinismos histórico culturales y sociales. Por lo que, al final, el amor humano no podemos más que definirlo como una experiencia personal, íntima y subjetiva de la que pueden participar -con suerte- una o más personas.

En resumidas cuentas, no sé si mi amor humano es universal -a todas luces racionales seguro que no-, pero desde el aquí y el ahora, y en mi realidad personal, manifiesto mi amor verdadero, desde lo más profundo de lo que considero mi ser, a mis hijas Carlota y Ariadna y a mi compañera de viaje Teresa. Todo y esperando que, en el día del juicio final, la naturaleza de este amor sea suficiente, al menos, para no condenarme al infierno de Dante.


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lunes, 27 de noviembre de 2017

La Vergüenza de la pobreza: el lastre de la reinvención profesional

Hace una década atrás conocíamos en España, y en la mayoría de sociedades latinas, la vergüenza al fracaso, ya que la experiencia del fracaso se ha considerado históricamente bajo una concepción cultural negativa e incluso reprobable y estigmatizadora. Lo cual, el miedo a la vergüenza al fracaso ha representado una de las principales causas inhibidoras del emprendimiento. Un tema que he afrontado en cruzada personal desde hace años en pos de revalorizar la experiencia del fracaso con mi obra “El Poder Transformador del Fracaso”,Ed. Silva, 2011. (Dejo enlace vídeo de una de las conferencias realizadas en la UOC años atrás, por si es de interés).

Pero ahora, tras una década de crisis socio-económica que ha generado grandes brechas de desigualdad social, la vergüenza se presenta bajo una nueva apariencia de problema social al devenir una de las principales causas que afectan el sentimiento de dignidad y autoestima para aquellas personas que buscan salir de una situación de pobreza sobrevenida, tal y como pone de relieve un reciente estudio de la Universidad de Oxford divulgado este mes de noviembre por el Foro Económico Mundial.

La vergüenza es un sentimiento tan antiguo como la humanidad, que en muchos casos se ha utilizado como estrategia socializadora -y aun en plena actualidad, como tácticas de ley marcial en diversos países-, representando deshonor, desgracia y condenación. Un sentimiento humano, de naturaleza social, que afecta de manera directa a la concepción de dignidad y autoestima que una persona tiene sobre sí misma. Y ya sabemos todos que cualquier persona con un sentimiento de baja autoestima presenta un cuadro de devaluación perceptiva de sus propias capacidades como individuo que le impide relacionarse y enfrentarse adecuadamente a los retos que le depara, ya no el mundo, sino su realidad más inmediata. En otras palabras, no hay posibilidad de reinvención personal y profesional, que permita salir de un estadio de pobreza económica, sin un estado emocional con una autoestima sana.

De hecho, cabe remarcar que la autoestima forma parte de las cuatro Habilidades Básicas de una persona, es decir, aquellas que dependen todas las demás (como actitud, liderazgo, engagement, creatividad, pensamiento positivo, inteligencia emocional, etc) y que nos permiten relacionarnos con nuestro entorno personal, social y profesional. Por lo que podemos considerar a las Habilidades Básicas, como la autoestima, la naturaleza última o primogénita de todas las competencias profesionales. (Tema que desarrollo ampliamente en mi obra “Habilidología de las Competencias Profesionales”, Ed. Bubok,2017).

Es por ello que en en plena Cuarta Era de la Revolución Industrial, donde el activo de los profesionales no es otro que su capacidad de adaptación continua a los cambios constantes de un Mercado en continua transformación, el Management debe introducir en sus planes formativos materias de Desarrollo Competencial como el aprendizaje y gestión de la autoestima, entre otras habilidades básicas y secundarias inter e intrapersonales, más allá de los clásicos grados y masters en Dirección de Empresas, RRHH, Innovación, Big Data y otros al uso. (Ver Filosofía del Talento de la Academia del Filósofo Efímero). Pues formar en emprendedoría, sin formar en gestión emocional -como diría un reinventado Aristóteles-, no es formar en los tiempos que corren.

Pero las acciones dirigidas a paliar los efectos de la vergüenza de la pobreza, como la depreciación de la dignidad y la autoestima personal, no pueden limitarse al ámbito educativo como mera estrategia de mejora de la competitividad entre la futura masa productiva estudiantil, sino que debe extenderse al ámbito de las políticas sociales de un país, más si cabe cuando el 28% de la población española se sitúa en riesgo de pobreza o exclusión social (según datos de “El estado de la pobreza en España 2017” de la EAPN), y se requiere con urgencia para bien del conjunto de la sociedad española que la población activa vuelva a ser económicamente productiva dentro de los estándares europeos en tasa de ocupación y riqueza. Es aquí donde el Estado de Bienestar Social debe reconocer y afrontar de cara la variante psicosocial de la pobreza (interacción entre las fuerzas sociales y el comportamiento individual) con políticas activas de reinserción -que nada tienen que ver con la caridad-, como pueda ser la Renta Básica Universal. Una iniciativa ésta de éxito ya demostrado en Finlandia, como manifiesta su agencia estatal de supervisión del bienestar, donde en este 2017 se ha registrado un claro recobro del optimismo por parte de sus ciudadanos beneficiarios, así como una diversificación de los ingresos al calor de la prestación estatal y un aumento de la tasa de emprendimiento por parte de éstos.

Políticas públicas económicas a parte, que dejamos en manos de legisladores -Dios mediante, para mayor tranquilidad-, lo que es evidente es que con una Economía Humanista ganamos todos. Entendiendo humanizar la economía como la integración de variables emocionales que ayuden a dignificar a la persona en la ecuación de la economía productiva de una sociedad, como pudiera ser una Tasa de Vergüenza de la Pobreza. Y para aquellos burócratas, políticos y agentes sociales que se opongan, que recaiga sobre ellos ya no la vergüenza social, sino la ignominia, borrando así sus nombres de nuestra Historia a semejanza de la damnatio memoriae de la Antigua Roma. Pues no hay mayor vergüenza a la pobreza económica que la pobreza de espíritu y servicio público.


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¿Te mueves aun estando inmóvil o estás inmóvil mientras te mueves?

Foto: Teresa Mas de Roda
Según como se mire, a veces la vida de los mortales se asemeja a la del ratón enjaulado que corre sin aparente fin en su rueda sin ir a ningún sitio, es decir, sin moverse del lugar. Es por ello que uno no deja de preguntarse, a veces, si lo más inteligente por saludable es quedarse inmóvil. Dado que el movimiento no es más que una ilusión que, mal llevado -es decir, acelerado a una velocidad inadecuada para nuestra resistencia física y psicológica-, puede provocar un claro deterioro en la calidad de vida personal (patologías diversas incluidas).

Aunque, por otra parte, lo cierto es que resulta imposible permanecer inmóvil en medio del bullicioso ajetreo de la sociedad que empuja, cual entrada o salida del metro en hora punta, a ningún destino final en concreto. Quizás porque la naturaleza del hombre, al igual que la del río, es moverse en un constante fluir por la vida en su ciclo regenerativo de hombres y mujeres mortales que se suceden a lo largo del relato que llamamos humanidad.

Ergo, tanto la actitud de moverse como de quedarse inmóvil es relativa en la vida de toda persona, ya que depende de los parámetros de referencia del observador. Uno puede permanecer inmóvil consigo mismo, pero moverse para los demás; y a la inversa, uno puede estar moviéndose, pero permanecer inmóvil para el resto. Por lo que podemos afirmar que existe un movimiento o no-movimiento real y un movimiento o no-movimiento percibido. El real es aquel manifestado objetivamente en el mundo material o de las formas con independencia de la percepción de cada cual, mientras que el percibido es aquel manifestado subjetivamente en el mundo cognitivo de cada individuo. Un movimiento y no-movimiento real y percibido que, al pertenecer a dimensiones diferentes de la realidad -aunque interdependientes-, pueden coexistir de manera tanto simultánea como independiente. En otras palabras, como en la paradoja del gato de schrödinger, una persona puede estar en movimiento e inmóvil a la vez, dependiendo del punto de referencia en el que nos situemos, pues lo real y lo percibido no siempre están alineados para el observador.

Así es, aún estando inmóvil me muevo y moviéndome continuo inmóvil, pues el movimiento y no-movimiento de toda persona responde a la misma lógica ilusoria del vaso medio vacío y medio lleno, que depende con la mirada con que se mire. Por lo tanto, la diferencia entre lo real y lo percibido viene marcado por el posicionamiento consciente a nivel personal por una u otra opción plausible.

Cierto es que en una sociedad de mercado como la occidental contemporánea, el consenso colectivo del movimiento y del no-movimiento viene definido por un parámetro de referencia mercantilista como es la productividad (entendida como la acción que genera una renta de trabajo que permite asegurar la sostenibilidad económica del individuo): Si eres productivo eres una persona en movimiento, si no eres productivo eres una persona en no-movimiento. Por lo que en este contexto, el movimiento y no-movimiento real viene definido no por la realidad en sí misma, sino por la realidad creada por el hombre. Un consenso social sobre el movimiento y no-movimiento de una persona de naturaleza profundamente humana y significado al contexto de un tiempo histórico concreto que no invalida, en ningún caso, el axioma -puro, en términos kantianos- de la dualidad movimiento/no-movimiento real y percibido de la propia naturaleza del ser humano.

No obstante, con independencia de si me muevo estando inmóvil o si estoy inmóvil aun moviéndome, lo importante a nivel personal, lo que marca la diferencia en el sentido existencial de una persona, es el estado de conciencia en el que uno se posiciona: de movimiento o de no-movimiento, y los efectos prácticos que ello conlleva para el sentido de autorealización vital de cada uno. Sí, al final, el movimiento y no-movimiento para los demás puede ser una manifestación espacio-temporal e incluso productiva, pero en el plano íntimo y personal no es más -ni menos- que un estado de conciencia. Aunque, como todos sabemos, para actuar en consciencia debemos ser conscientes de lo que hacemos, y este ya es otro tema, ¿verdad?.

[A pesar que un estado de conciencia de inmovilidad móvil o de movilidad inmóvil provoca la recurrente confusión de ser conscientes de en qué posición real y percibida certera nos situamos en cada momento. Es por ello que la más y extendida común de las confusiones es creerse en la ilusión de estar moviéndose, cuando realmente la persona se haya en estado de no-movimiento].

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Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano